Ensayos Profanos (IV)

By on junio 7, 2018

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IV

Si Lautrec y Gauguin podrían pasar, aunque con apuros, entre los cuerdos, en el caso de Van Gogh no hay atenuante de ninguna clase: se sabe que estuvo rematadamente loco, esquizofrénico, en el sentir de muchos; aunque no faltan autoridades que disientan de ese diagnóstico.

Vincent había nacido en Holanda en 1853. Desde muy joven mostró rarezas de conducta. Era un solitario, un místico, un melancólico que trataba de adaptarse a la vida en busca de comprensión y amor. Su vano intento lo liga a una prostituta, madre de varios hijos, hijos de varios padres. El experimento amoroso resulta un desastre y de él sale con nuevas dosis de amargura. Entonces resuelve ser predicador; pero sus prédicas acerca de la bondad de Dios se pierden en el desierto sin espíritu de unas minas de carbón, en Bélgica.

La necesidad de decir lo que siente lo atosiga. Percibe en torno suyo como un cerco que se estrecha. Hay algo en su interior que lucha por salir, y de pronto descubre la pintura como puerta de escape.

Así, dibujante natural y pintor sin escuela, llega a París cuando el movimiento impresionista brilla en toda su magnitud. Es natural que se sintiera atraído por él, que simpatizara con los apóstoles del nuevo evangelio artístico. Coincide, pues, con el grupo y lo acompaña, aunque sin integrarse; por lo que Van Gogh no será un impresionista, así lo incluyan en el movimiento los expertos que tratan el asunto. Cierto que al principio se esforzó en asimilar sus doctrinas, y que a la postre algo tomó como tomaron los pintores de fines de siglo XIX y principios del XX. ¿Se puede negar la influencia redentora del movimiento aquel?

Vincent Van Gogh es un pintor señero. No tiene antecedentes directos ni seguidores y no porque su desviación mental, su horrible angustia, su soledad, su dolor, su sed de amar, son originales e impenetrables. No es posible, por tanto, encasillarlo en un grupo, aunque es cierto que lo que el intenta es expresarse, volcar al exterior todo el caos que le cuece las entrañas. ¿Y lo ha logrado? Yo creo que sí; con menos deformación y más hondura que cualquier otro.

La mentalidad de Van Gogh está claramente reflejada en su copiosa producción, realizada a ritmo febril en unos cuantos años. Sus retratos en general son estupendos, pero sus autorretratos en particular hablan por sí solos. Si alguien quisiera plasmar el alma de un alienado no lo haría con la exactitud que él logró sin proponérselo. A tal grado captó su interior. Sus estados anímicos, en los que alternan frases de euforia con crisis depresivas, nos pone en contacto con la evolución del proceso patológico. Ya en la primera etapa, anterior a París, su trazo es ardiente y su colorido sórdido sin mayor patetismo. Los días de Arlés alientan la esperanza que se refleja en paisajes luminosos. Pero los muros que cercan sus sueños crecen y se estrechan, y las sombras se ciernen sobre su alma. Después del rompimiento con Gauguin, su vesania se agudiza.

¿En qué momento pintaría su famoso cuarto? Tengo ante los ojos una reproducción de esta alabadísima creación. Para el espectador común pudiera resultar ingenua, falta de fuerza, poco decorativa y no muy armoniosa. ¡Pero cuánto dice! Repaso una y otra vez el cuartucho, su desorden, su abandono, su aparente asimetría, su tono amarillento, la ondulación del trazo. No hay pretensiones compositivas. La luz que ilumina los rincones no tiene alegría. Nada entre los objetos evoca grandiosidad. Enseres y utensilios de uso corriente: la silla, la jarra sobre la mesa, la ropa pendiente del perchero. No se ve la bacinilla, pero se entiende que forma parte del ajuar. Tampoco veo al dueño del cuarto; sin embargo, comparto su soledad y su tristeza porque sé que es así, triste y solo es el “yo” que invade las superficies lisas y destinadas de los muros lo que nos oprime y nos angustia. Nadie jamás podrá expresar de manera tan simple y completa la inanidad de la vida corporal, la pequeñez del hombre ante el universo que se descubre cada vez más amplio. El cuadro resume la vida trágica de su creador. Mejor que en cualquiera de sus autorretratos geniales, Vincent ha dejado aquí la esencia de su espíritu.

A partir de este momento saldrá poco a poco del mundo de los vivos, lo envolverán las tinieblas, sus escenarios cobrarán solidez, se harán casi morbosos, las sombras de su mente obscurecerán su paleta, su línea se endurecerá, trágica será su expresión. Su última pintura conocida, la que precede a su muerte, representa un trigal agitado por el viento y sobrevolado por una parva de negros cuervos.

El pintor ha tratado de desembarazar su cerebro a través de su pintura atormentada. Y llega el momento en que no puede más. Asesino frustrado, se arrepiente, se mutila una oreja y la ofrenda a las pupilas de un burdel. Su estancia en el manicomio es larga y productiva en materia de arte. Con actividad febril, su estro se inflama y se vuelca en creaciones de gran plasticidad.

Al fin, su pecho estalla; pero no espontáneamente: ha sido un pistoletazo guiado por su propia mano, la buena, la de pintar.

Corría el año de 1890 y, como Lautrec, tenía 37 años al morir.

Conclusión

No cabe el intento de justificar al genio por sus actitudes extravagantes, o su demencia extrema, como no cabe negar la asociación genio-locura que salta a la vista en muchos casos. Las actitudes geniales no siempre son conscientes; tienen algo de impersonales y divinas.

Debemos admitir sin dolor que los máximos exponentes del intelecto no son hombres normales. Uno cualquiera de nosotros, supuestos cuerdos, nunca hubiera dejado la civilización como Gauguin. Ni caería en las garras del alcoholismo como Lautrec, y mucho menos se cortaría una oreja como Van Gogh. Seguiríamos eternamente atados a las normas sociales tal como hemos hecho hasta hoy, con nuestras felicitaciones de cumpleaños, nuestras tarjetas de Navidad y las ofrendas florales en los entierros. De si somos nosotros o son ellos, bueno, eso se ha discutido mucho y a final de cuentas es la sociedad la que califica.

¿Mengua el desequilibrio mental la grandeza de los artistas? De ninguna manera. La inadaptación, la inmadurez, y hasta alguna forma de locura, son convenientes para el libre desenvolvimiento del interior humano. Un grado no demasiado influyente de enajenación puede servir al desarrollo del arte y al ensanchamiento del espíritu del hombre.

¡Cuánto perdería la humanidad si todos los locos geniales que todavía nos quedan recuperaran de pronto la razón y, en vez de sus dislates pasionales, se pusieran a contar dinero o a administrar empresas de reputación intachable!

Carlos Urzáiz Jiménez

Febrero de 1978.

Continuará la próxima semana…

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