Ensayos Profanos (II)

By on mayo 17, 2018

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II

El París artístico de la segunda mitad del siglo XIX registra numerosos ejemplos de asociación genio-locura, sobre todo en el gremio de los pintores. Y es que los hombres de convicción y talento, los visionarios y soñadores, cuando luchan por sus ideales se comportan como locos, si es que no lo están ya. Solamente una pasión insensata puede arrastrar al sacrificio contra una ola de incomprensión y malevolencia, hija de la necedad humana.

Circunstancialmente, este tipo de vesania no es estéril para el progreso de la sociedad. Es la fuerza que conduce y cambia al mundo. Tal se ve en la historia de la pintura que, estancada o punto menos desde el Renacimiento –salvo brotes esporádicos de mucha miga–, de pronto evoluciona con ímpetu irresistible, conmoviendo en sus cimientos el gusto estético tradicional. Esto ocurre en el breve parpadeo de medio siglo, gracias a la participación de unas cuantas mentes “alteradas”.

Quedaron atrás las escenas mitológicas. La efigie de los falsos ídolos se desmoronó corroída por el tiempo. Pasaron también las vírgenes y los santos con su cortejo de angelitos rechonchos revoloteando en torno. Ya no tantas mujeres hermosas que exhiban la redondez de sus glúteos Rubens, menos reyes poderosos en pose de altivez, menos fastuosidad, menos alegoría, ninguna advertencia acerca de la transitoriedad de la vida y las glorias del más allá. La perfección académica de Ingres y de David perduraba como un estertor grandioso de agonía.

Todo este equipaje inmenso de belleza fue a parar a los museos con la natural sobrevivencia, sin edad, de las obras maestras. El pueblo entraba cada vez más en el motivo pictórico como consecuencia del auge de una clase social, la burguesía. Los antecedentes se enhilan dando saltos: El Bosco, Brueghel, el viejo, David Teniers, Goya, Hogart y de pronto, en sucesión, Lorena, Millet y Courbet. Queda el camino abierto al escándalo de Olimpia y la consagración de Manet. Huyen las sombras y se aclaran las paletas, los pintores salen al sol, y en tanto se derrumba el Imperio de Napoleón III, el impresionismo alcanza su efímero esplendor. La verdad de su luz había triunfado tarde.

Perfeccionando el cajoncito mágico de la fotografía, ésta consigue con la opresión de un botón la exactitud perseguida por siglos. La pintura bella, poética pero superficial y simplemente decorativa (Impresionismo), resulta insuficiente para satisfacer el gusto cada vez más cerebral de los espectadores. Manet, que lo inicia, no lo sigue; Degas se nutre con él y después lo niega; Seurat y Signac lo intelectualizan; resurge la línea con Cézanne y las manchas se extienden en la plenitud de sus colores como anuncio velado del Fauvismo que más tarde encabezará Mattise. En los fiordos del norte estalla “El Grito” de Munch y nacerá a poco el Expresionismo del inflamado espíritu teutón. Se fruncirán los ceños, el color perderá realismo, las formas se alargarán, se encogerán, se harán extrañas al gusto común en su afán de hablar con nueva voz. De expresar. Habrá tendencia al feísmo y una nueva confusión conmoverá al gusto: la pintura de contenido eminentemente subjetiva.

Nada plasma mejor esta situación violenta de lucha intelectual, revolución sin par en la historia del arte, que la vida y la obra de tres grandes genios por cuya cordura no pondré yo las manos ante el fuego. Uno de ellos, Van Gogh, holandés de origen, pero vinculado a Francia por su actuación artística, no tiene discusión clínica: es un demente comprobado. Los otros dos, franceses ambos, son Lautrec y Gauguin. A ninguno de ellos se atribuye determinado género de locura; pero está claro que tuvieron conductas extravagantes, apartadas de las que suele seguir el hombre llamado normal.

Carlos Urzáiz Jiménez

Continuará la próxima semana…

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