Crónicas de mi Pueblo (I)

By on marzo 8, 2018

I

En la Escuela María Montessori de Maxcanú

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César Ramón González Rosado

El tren anunció su llegada con silbatazos sonoros y se detuvo en la estación.

Era un día esplendoroso. El Sol brillaba intenso en el firmamento azul, adornado con una que otra nubecilla blanca que cruzaban el espacio.

Era una mañana de fuertes emociones. Una nueva escuela, nuevos maestros, nuevos compañeros y novedosas aventuras le esperaban. Iba con su madre, maestra rural que se encargaría de un grupo en la escuela primaria.

Por el trabajo que ella desempeñaba, cubriendo licencias, él había conocido numerosas poblaciones del estado, una y otra vez, viajando por los caminos de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán. Ahora el viaje sería diferente. En el pueblo estarían mucho más tiempo, pues a la maestra le habían otorgado al fin una plaza fija.

Guibaldo, el director de la Escuela María Montessori de Maxcanú, profesor enérgico, prodigaba bofetadas a los niños que se portaban mal, según él. Era el método disciplinario que aplicaba cuando consideraba necesario poner en orden a algún alumno latoso y grosero. Su víctima preferida era el “Bech”, un niño que apodaban así por lo obscuro de su piel, como el plumaje de esos pájaros.

A veces no era él, pero como el “Bech” tenía fama de latoso, le tocaban las bofetadas cuando el profesor no encontraba al verdadero culpable.  Entonces reían divertidos los compañeros por la equivocación, sin delatar al autor de la falta.

Guibaldo preparaba sus clases, las ilustraba en forma atractiva con materiales didácticos que él mismo confeccionaba. Con frecuencia organizaba excursiones a sitios de atractivo histórico, o bien a grutas y cenotes cercanos al pueblo. Allí impartía sus clases, a la sombra de los árboles, o bien en la entrada de alguna gruta. Las sillas, las piedras y las mesas improvisadas con maderos dispersos en el monte, y entre las flores silvestres que olían a miel.

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El profesor Antonio era el de la puntería certera cuando lanzaba el borrador del pizarrón que daba en la frente del alumno distraído. Eran frecuentes los “chuchulucos” con las resignadas y débiles protestas, con la indiferencia, o con la recomendación de “péguele maestro para que aprenda” de algunos padres de familia. Guibaldo regañaba a Antonio, pero él no estaba exento de esas prácticas, aunque de menor rigor.  Perduraba aún la idea de que “la letra con sangre entra”. Cosas de ese tiempo.

A cambio, y como consuelo, estaba la ternura de las maestras Tachita, Bertha, María, la nena Raigosa, la del piano y otras que trataban con afecto maternal a sus pequeños alumnos; o bien la amistad paternal del conserje, don “Já”, por su nombre Javier, o don “Há”, por la costumbre que tenía de remojar a los alumnos en tambos de agua fresca en los días de intenso calor.

El horario de asistencia en dos turnos: Matutino y vespertino. Por la mañana, las asignaturas, la comida en las casas. Por las tardes, manualidades, actividades artísticas y recreación. Escuelas de “tiempo completo” como algunas de la actualidad en el programa moderno.

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En un camión de redilas un día viajaron de Maxcanú a Uxmal, la ciudad de los Xiu, plena de misterios, la del Rey Tutul Xiu, su fundador, la del Enano de Uxmal, la antigua ciudad maya de portentosa belleza, con edificios colosales de grandiosa arquitectura y muros decorados con artísticos bajo relieves.

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En otra ocasión, a Chichén Itzá, instalados en el tren con rumbo a Mérida. Descansaron en los salones de una escuela primaria, y al día siguiente partieron en autobús hacia su destino: la capital de los Itzaes, la ciudad del Rey Kanek, la destruida cuando se rompió la paz de la Confederación de Mayapán que perduró tres siglos. Entonces los Itzaes regresaron a su lugar de origen, el Petén, en donde fundaron Tayasal, en una isla del gran lago del Petén, el último reducto de libertad durante mucho tiempo, antes de ser dominados por los españoles en cruenta y heroica resistencia.

Con estas y otras, entre historias y leyendas, los alumnos de la Escuela Montessori fueron formando su identificación como descendientes del pueblo de Kukulkán y de Itzamná.

Continuará…

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