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En la Ascención de Carlos Pellicer

By on febrero 8, 2018

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XLVI

A Francisco López Cervantes

 EMPIEZAS a morir tu propia vida

en un relámpago del más allá,

empiezas a vivir tu propia muerte

en un instante de la eternidad,

con tu garra de guerra interior

y tu vasto ideal,

detenida tu sangre en el poema

que en él cae y por siempre caerá

del árbol divino

del misterio del bien y del mal.

Comienzas a morir,

a morir de ti mismo en soledad,

a morir de ti mismo,

solo, como decía Pascal,

y es tu manera de renacer

en tu transparente verticalidad.

Comienzas a vivir y a morir

de tu gozo de hombre trascendental.

Te mueres en tu dulce Cristo Desesperado

por tanta infamia y crueldad.

Te mueres en nosotros que te damos la vida,

te vives en nosotros que te vemos pasar

de un sueño en otro sueño

en tu viaje estelar.

Te mueres en tu Cristo Señor Desamparado,

Él en nosotros y en ti por siempre y siempre más,

te mueres por los que tienen ansia y sed

y por los que ya nunca morirán.

Nosotros renacemos contigo,

Amaneces contigo sobre el haz

del milagro que luce en el ala

en tu poema sustancial.

(Abro un breve paréntesis

elemental:

Yo que de Tabasco vengo

con nudos de sangre maya,

donde el cacao molido

dio nuevo sentido al agua,

Y así siempre lo sabrás)

Cómo sufriste la llamada Justicia

con tus diversas muertes, poeta en tempestad

de lirios y de rosas

cuajados en tu poesía triunfal,

entre la flor y el agua y la piedra

de tu Tabasco y de tu Yucatán.

Hombre agónico por la cruz y la luz,

atormentado por el mal,

esperanzado y angustiado,

fiel a ti mismo, fiel en la amistad

con tu espíritu delicado y profundo

y con tu carne musical.

Toda la tristeza del pueblo es la mía

escribiste en una Elegía sentimental…

Nos conocimos en 1923

y me hablaste del embrujo de Chichén Itzá.

Me dijiste que es triste y hermoso este mundo

y que las piedras más fecundas son las de Uxmal.

Las piedras que sueñan y cantan,

y siempre cantarán.

Recuerdo tu poema:

Uxmal,

llena de ingenieros poéticos,

opulenta y sepulcral.

Danzarán tus serpientes endiosadas

sobre las piedras verdes y sonoras

cuando las horas de luces plateadas

hilan estrellas y elevan auroras.

Uxmal,

tú llenaste mi corazón

y de tu raza culta es mi alegría

y mi vaso sincero de pasión.

Tú tocaste la puerta de mi corazón,

Uxmal.

En París, una noche

de pensamiento y paz

dijiste en el poema:

Sol parisiense

sol bibliotecario y sacristán,

ve a jugar a la América

en los muros astronómicos de Uxmal.

Frótate entre los helechos de Palenque;

ruédate desde la pirámide solar

que los toltecas finos y civilizados

levantaron en Chichén y en Teotihuacán.

Y en tu “Esquema

para una oda tropical”:

Una tarde en Chichén yo estaba en medio

del agua subterránea que un instante

se vuelve cielo. En los muros del pozo

un jardín vertical cerraba el vuelo

de mis ojos. Silencio tras silencio

me anudaron la voz y en cada músculo

sentí mi desnudez hecha de espanto.

Una serpiente, apenas,

desató aquel encanto

y pasó por mi sangre una gran sombra

que ya en el horizonte fue un lucero.

¿Las manos del destino

encendieron la hoguera de mi cuerpo?

Y en Atenas escribiste:

Y hay un viaje remoto que a un altar dividido

dio su gozo y su espuma, sus esperanzas da.

Y hay un retorno antiguo hacia un nuevo sentido

del Sol que abrió las cifras de Grecia y Yucatán.

Hace un año te fuiste,

estás

recorriendo tus viejas rutas

de la tierra y del mal.

¡En dónde está tu vuelo

ahora, en dónde está!

¡En qué estrella impalpable

tu rítmica sustancia esencial!

Piloto de tu sangre,

tu nave la diriges, marinero genial,

al puerto del silencio

donde tu dolor gritas y siempre gritarás.

Danzaban tus palabras,

cuando las echabas a volar,

en el poema sinfónico

o en el diminuto haiku.

Qué claridad la tuya en poesía,

qué suavidad la tuya en amistad,

qué todo tú, hombre

mortal inmortal.

Qué claridad en todo,

qué claridad.

Corrías por la tierra

con alas en los ojos, y ante el mar

arrodillabas tu paisaje interior

para iluminar el paisaje monumental.

Eres de tierra y agua en el poema,

de caoba y de música y cristal,

con el color del sueño

fundido en el resplandor del huracán.

Qué cosas sabías por dentro

con tu espíritu y tu cantar.

Cómo se diluían tus dolores

ante el dolor universal.

Influiste en mi feria

frutal,

y en mi manera de partir

el pan.

Y años después, al borde del éxtasis,

me enseñaste la clave sideral,

fáustica de José Vasconcelos

a bordo de una noche frente a la inmensidad.

Y pasados otros años, otros años

del corazón y de la soledad,

pusiste en manos de mi hijo Francisco

una gota de miel para paladear,

en el principio de la poesía,

la magnificencia del hombre germinal.

El prodigio es infinito

como es infinita tu voluntad

de poner las estrellas a tu izquierda

y a tu derecha la eternidad.

En un instante en que se hace eterna

tu terrestre celeste piedad.

Cuando yo digo eternidad, me enciende

la voz tu luminosidad,

y cantan las piedras que tanto amabas

y clasificabas con humana santidad,

y me agarro a mi espíritu fluente

y recojo las flechas de tu afán

–hombre, poeta, hombre–

para seguir batallando y ya no descansar.

Cuando yo digo Carlos Pellicer

y me pongo a cantar,

me derramo en la vida y el poema

y me asomo a la eternidad.

Mérida, Yuc., 1978.

Clemente López Trujillo

Continuará la próxima semana…

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