En el Arroyo de San Rafael

By on mayo 17, 2018

Marta Aragón EN EL ARROYO DE SAN RAFAEL_1

Marta Aragón R.

Dedicado a mi hijo Felipe Salvador Meling Aragón

La cara de Felipe se iluminó, por fin su padre se dispuso a cumplir la vieja promesa: ¡Lo llevaría a pescar truchas al arroyo de San Rafael!

Pasaban el verano en El Coyote, propiedad de su abuelo, lugar en el que toda la familia tenía derecho de hospedaje. Al tata Felipe le gustaba tener cerca a su progenie, y que disfrutaran las bondades de la naturaleza, la libertad del campo, el dulce gusto por los gritos de las chacuacas reverberando al sol o al atardecer cuando abrebaban en el aguaje, o los ladridos de los coyotes en jaurías a la mitad de la noche y el deleite al ver los saltitos de las liebres orejonas que miraban asustadas.

Tantas cosas por ver en aquellos veranos de días largos y plácidos, a veces rotos por las estruendosas tormentas que los hacían correr a esconderse debajo de las camas: las aventuras a la Cola Seca y al cerro de los Tepetates; las minuciosas búsquedas de tepalcates o de herramientas de pedernal que la lluvia sacaba de la tierra suelta; paseos a caballo, la Piedra del Indio, y la Piedra Lisa; el pan de levadura y las papas fritas; la luna llena saliendo en San Pedro Mártir; sol, viento, la sombra del álamo en el sillero, el tintineo de espuelas tocando el piso del porche; el olor a vaqueta, a carne seca y los cuervos graznando en el cielo para avisar que llegaría visita y… llegaba. Muchas cosas que con el tiempo se convertirían en una sarta larga cuyas cuentas cristalinas serían los recuerdos de la infancia, coronados por la joya de todos ellos, un diamante o un zafiro: ir a pescar truchas arcoiris al Arroyo de San Rafael con su padre.

El paseo duraría dos días y no sería en auto, sino a lomo de bestia. Se buscaron los animales y herraron los cascos, el tintineo del martillo sobre el yunque reverberaba en el aire, junto a los temblores de las hojas del álamo.

Felipín participaba de todas las actividades. Irían él, su padre, y un viejo amigo de la familia: Bob Morse. La madre preparó pan de levadura, burritos de machaca y de frijoles para el camino. En el porche estaban abiertas las alforjas donde pusieron lo que necesitaban: sartenes, platos y pocillos de peltre; azúcar, café, manteca, entre otras cosas.

Bob Morse puso el equipo de pesca, las cañas y los huevos de salmón. Felipín iría en el caballo de su tata, El Doble; su padre en El Marro y Bob Morse en la yegua Colorada. Saldrían al día siguiente, luego del desayuno.

Al poco rato, Felipe cabalgaba en medio de su padre y de Bob Morse.

Entre los años de 1929 y 1941, un naturalista de la vecina California realizó translocaciones de la trucha arcoiris, nativa de algunos arroyos de la sierra de San Pedro Mártir, como el San Antonio de los Murillo, a varios afluentes de la misma cordillera por su vertiente occidental: La Grulla, La Zanja, Valladares, La Misión y San Rafael. El trabajo lo hizo a lomo de mula, con mucha paciencia, tezón y cariño por esta región de la península de Baja California; por el mucho cariño, las traslocaciones tuvieron éxito, ya que aún sobreviven truchas en La Misión, La Grulla y San Rafael. Este naturalista se llamó Charles Edward Utt, mejor conocido como Mr Utt; de ahí “Las truchas de Mr Utt.”

El arroyo de San Rafael nace en los cañones de la parte norte de San Pedro Mártir. Se puede escuchar su nacimiento cuando se sube la sierra por la terracería que se usaba antes que hicieran la carretera que une al Observatorio Astrónomico Nacional con la Carretera Transpeninsular, que atraviesa de norte a sur la Península de Baja California.

Desde el filo de la pendiente puede escucharse el borboteo del agua, que brota abundante del interior de la tierra para formar un arroyo que corre por la vertiente occidental de San Pedro Mártir hasta desembocar en Punta Colonet. Arroyo cantarín y cristalino que Mr Utt llenó de truchas, al igual que las pozas de este afluente.

Hacia esos lugares donde los encinos refrescaban aquel día de julio con su sombra, Felipe, su padre y Bob Morse, dirigían sus monturas.

Viajaban al paso de las bestias, sin prisa, y con el disfrute pleno de la aventura. Felipe —orgulloso de ir montado en el caballo de su tata, conocido como el mejor vaquero de Baja California; verlo lazar una res a galope de caballo era todo un espectáculo— miraba con sus ojos amielados la naturaleza semidesértica de la región: cerros resecos cubiertos de piedras y las colinas tapizadas de matorrales como la varaprieta, chamizos, jojobas y manzanitas. Pero, al cruzar los cauces secos de los arroyos de las lluvias, la vegetación cambiaba.

Cabalgando bajo el resguardo de enormes encinos y alisos, una parte del camino discurrió bajo la sombra y rumores de El Corral Falso y de Los Encinos, y la otra bajo el cielo azul del verano que era atravesado de vez en cuando por los vuelos de los cuervos, gavilanes o aguilillas.

A veces, una liebre cruzaba la vereda, o el vuelo de una parvada de chacuacas estremecía los matorrales, y el día era roto por el canto de una paloma, siempre triste y nostálgica, pero para el niño, ilusionado por el viaje con su padre, la paloma cantaba más lindo que las campanas de plata de la Navidad.

Luego de cruzar por un cañón que se estrechaba tanto que se podían tocar sus paredes con los brazos extendidos, y cabalgar entre los charcos que formaba la corriente cercana, llegaron al sitio donde sabían que abundaban las truchas arcoiris, la sombra protectora de un gran árbol y el espacio suficiente para montar el campamento.

Desensillaron, dieron grano a las bestias, y las llevaron a beber al arroyo, para luego amarrarlas en las ramas de los árboles que sombreaban el lugar.

Felipe amarró al Doble con un nudo de marrano y volvió con los mayores a pescar. El padre sacó un poco de migajón de pan, al tiempo que decía que no había mejor cosa para pescar truchas que el migajón de pan; pero Bob Morse abrió una lata llena de huevecillos de salmón para ponerlos como carnada. El padre se rió, y dijo que el gringo estaba loco, que era mejor el migajón de pan, pero el tiempo pasaba y en su anzuelo no caía ninguna de las escurridizas truchas; en cambio, Bob Morse pescaba trucha tras trucha.

Pudo más el deseo de quedar bien con su hijo que el orgullo: le pidió unos huevecillos al gringo, quien de buena gana le compartió parte de la carnada. El padre guardó los huevecitos encarnados en el celofán de una cajetilla de cigarros Marlboro rojos, y se los metió en el bolsillo de la camisa. Las truchas empezaron a caer en los anzuelos del padre, hasta que una fue más lista que el pescador y se regresó al agua. El padre se metió tras ella y la atrapó a mano limpia, matándola sobre las piedras.

Quedaban restos de la claridad del día cuando las truchas enharinadas se freían en un sartén sobre las brasas, y a un lado hervía la cafetera repleta de café El Marino, de paquete azul.

En el suelo estaba extendida una servilleta de tela en la que estaban los burritos paseados, y el pan de levadura que les preparó la madre; a un lado, los tres platos de peltre, pocillos y tenedores.

Las truchas arcoiris eran pequeñas, cabían perfectamente en el plato y eran deliciosas. El sabor puro de la naturaleza inundaba sus paladares y se aunaba al aroma penetrante del campo bajacaliforniano. Comieron hasta llenarse, y al poco rato a Felipe se le cerraban los ojos del cansancio; su padre le preparó el tendido para que durmiera.

El padre y Bob Morse continuaron conversando, acompañados por los ruidos nocturnos, la tenue brisa que bajaba de lo alto de la sierra, y unos cuantos tragos de una botella de whiskey que el gringo llevó en las alforjas.

Despertaron con la primera claridad, los mayores un poco desvelados y el niño con los ojos llenos de lagañas.

Se encontraron con la novedad de que los caballos no estaban: se habían regresado a El Coyote.

Pero el Doble estaba allí: el nudo de cochino que le hizo el niño no permitió que el caballo se regresara.

Eso no fue todo: junto al tendido de Felipe descubrieron las huellas enormes y los rasguños de un puma que anduvo merodeando, atraído por el olor de la sangre de las truchas. Al sentir la presencia del león de la montaña, los caballos se asustaron y se regresaron al rancho.

El padre le dijo a Felipe que ensillara al Doble, pues era su montura. Subido sobre una piedra, realizó aquel trabajo tan difícil para un niño de ocho años. Cuando el caballo estuvo ensillado, el padre lo montó para ir en busca de los otros dos caballos hasta El Coyote, para que el gringo y su hijo regresaran en ellos. Si no hubiera sido por el nudo de cochino que hizo Felipe, los tres hubieran vuelto a pie y eran muchos kilómetros, aún cortando brecha.

Llegaron a El Coyote a la metida del sol.

Cuando desensillaban los caballos, el padre le preguntó al niño:

—¿Sabes por que tenías los ojos lagañosos cuando despertaste?

Felipe miró sorprendido y curioso a su padre: a sus ocho años, dar una respuesta le daba un gran sentido a la experiencia vivida. Pero su padre no esperó a que el hijo contestara y le dijo, frotándole la cabeza:

—¡Porque el león te lamió la cara!

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