El viejo vaquero

By on febrero 8, 2018

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Alma Preciado

Vivía en un ranchito enclavado al pie de la Sierra de San Pedro Mártir, a cuarenta kilómetros del Valle de la Trinidad, donde el mudable clima oscila del calor extremo en el verano hasta el frío extenso y húmedo del invierno. Para este vaquero lo primero, todas las mañanas, era tomarse su enorme taza de café negro. Decía que era bueno para el frío como para el calor. En esa mañana de verano, podía salir a beberla al porche de su casa, desde donde divisaba el pequeño bosque de árboles de piñón que rodeaba su hogar.

Sentado en su vieja poltrona, cruzaba las piernas, calzadas con sus maltratadas botas, dándole grandes sorbos a su café. Le gustaba oír el canto de los pájaros, el mugido de las vacas que pastaban por el lugar, el relinchido de su caballo en el corral, su único medio de transporte, a quien daba el desayuno muy temprano; era sagrado que el caballo desayunara antes que él.

El tiempo y el sol habían esculpido en su rostro marcadas arrugas que suavizaron su duro semblante de años atrás, y ahora lo hacían parecer un anciano simpático y bonachón a quien todos respetaban y llamaban Don Manuel. Llevaba mucho tiempo solo. Su esposa falleció sin haber tenido hijos, dejándole como única compañía al fiel y viejo perro “Mocho”, que perdió la cola cuando apenas era cachorrito, y lo acompañaba en sus recorridos por esa tierra.

Había sido vaquero desde muy joven. El implacable paso del tiempo mermó su salud y ya no podía realizar las actividades típicas: lazar, herrar, marcar y correr tras las vacas. Para ganarse la vida, ahora cazaba, recolectaba piñón, sacaba miel de abeja de las colmenas silvestres, y cultivaba su pequeño huerto. Dejó de tener gallinas y otras aves de corral, pues eran un manjar para sus vecinos, los coyotes. Renunció a ellas y al placer de su suculenta carne, como a los tan añorados y sabrosos huevos. Vendía los productos de su recolección y caza, recorriendo en su viejo caballo las rancherías de los alrededores o pueblos cercanos. En ocasiones, las personas venían a comprarle carne seca, miel y piñón.

Después de terminar su café, Don Manuel entraba a la cocina, encendía su estufa de leña, y preparaba el desayuno: papas, frijoles y alguna verdura de su huerta. Lo acompañaba con tortillas de harina hechas por él mismo, como era costumbre en esos sitios.

Era el mes de septiembre, iniciaba la temporada de piñón. Al terminar su desayuno, Don Manuel salía en busca de tan preciado fruto. Después de recoger los platos y ponerlos en el fregadero –los lavaría al regreso– se dirigía al corral por su caballo, y partía. El corral era redondo, hecho de postes de chamizo colorado, abundantes en la región. Tenía un mezquite en el centro que daba sombra al caballo. Como pesebre, usaba un refrigerador viejo; y de abrevadero, un gran barril de plástico, cortado por la mitad. Junto al corral construyó un cuarto de madera al que llamaba zacatera; ahí guardaba el zacate para el caballo, la silla de montar, las riendas, el freno, espuelas, reatas, y demás utensilios que necesitaba para sus labores diarias.

Por la tarde, regresaba con el caballo cargado con dos costales llenos de piñas de piñón. Sin apearse, los desataba y los dejaba caer al suelo, haciendo un estrepitoso ruido. Desmontaba lenta y cuidadosamente: el andar de todo el día magullaba y entumecía su delgado, viejo y cansado cuerpo. Desensillaba el caballo, lo llevaba al corral, le daba de comer y beber y, junto con Mocho, se dirigían a casa a descansar un rato. Su cena consistiría en carne seca con mucha cebolla y ajo, frijoles, tortillas de harina y su taza de café.

Cuando Don Manuel completaba la carga de piñas de piñón, las ponía al fuego para que se abrieran y soltaran los piñones. Al reunir buena cantidad, los guardaba en bolsas hechas de manta, con un cordón en la boca para cerrarlas. Entonces las almacenaba en un destartalado trastero de madera sin puertas que tenía en su cocina.

Una mañana, Don Manuel notó que había piñones esparcidos por el suelo y parte del trastero.

─ ¡Qué raro! Juraría que anoche dejé bien cerradas las bolsas. Espero no sean las ratas. ─pensó.

Pero continuó sucediendo varios días más, así que decidió espiar para ver qué sucedía.

Alrededor de las diez de la noche, escuchó ruido parecido al de las ratas. Se levantó y se dirigió con sigilo a la cocina. Siempre dejaba una linterna encendida por si se ofrecía levantarse. Al principio, no distinguía bien lo que estaba en su alacena; al acercarse, miró con sorpresa a pequeños hombrecitos que llenaban de piñones, con mucha rapidez, pequeñas alforjas, mientras miraban de reojo, como si temieran ser descubiertos. Don Manuel, repuesto de la sorpresa, dijo para sí:

 ─ ¡Creo que son duendes! Les diré que no se asusten, que quiero ser su amigo ─. Pero, al intentar hablar con ellos, éstos salieron de la casa espantados, dejando atrás sus alforjas llenas de piñones. Don Manuel quedó decepcionado, pero sabía que a los duendes no les gusta convivir con los humanos.

─ No se vayan. No voy a hacerles daño ─gritó, llamándolos. Pero los duendes no hicieron caso. Se internaron en el bosque sin mirar atrás.

Don Manuel, un poco triste, cogió las pequeñas alforjas y las llevó al porche. Las dejó con la esperanza que los hombrecitos regresaran por ellas. Volvió a la cama y durmió hasta la mañana siguiente.

Al levantarse, muy temprano, se asomó por la ventana para ver si las alforjas continuaban en el mismo lugar; y con alegría vio que ya no estaban: habían regresado por ellas.

Tuvo una gran idea: haría pequeñas bolsas de manta con cordones en la boca y un cincho largo, para poder transportarlas. Les pondría tantos piñones como para alimentar un regimiento de hombrecitos, y las dejaría en la alacena por si volvían.

Pero pasaban y pasaban los días; y las bolsas seguían en el mismo lugar. Los duendes no aparecían. ─ Tal vez no volverán ─pensó el viejo vaquero. Se preocupó, pues sabía que los piñones eran indispensables para pasar el duro invierno del lugar.

Las actividades de la vida diaria hicieron que Don Manuel se olvidara de los duendes y las bolsas llenas de piñón.

Una noche, ya casi para terminarse el verano, escuchó de nuevo ruidos en la cocina. Desde su cuarto, vio que eran los duendes. Se quedó quieto y mudo para no asustarlos. Se alegró de ver que tomaban las bolsas y se las llevaban con ellos.

A partir de entonces, Don Manuel siempre dejaba algún alimento en la alacena para los duendes y, cada vez que se sentaba a comer, tiraba el primer pedazo de tortilla o pan hacia atrás de su espalda. Pensaba que así sus amigos siempre tendrán alimento.

Durante el invierno, Don Manuel, acompañado de Mocho, se sentó todas las mañanas junto al fuego a beber su gran taza de café. El frío era penetrante, la nieve golpeaba las ventanas y blanqueaba los alrededores.

Estaba contento y tranquilo: durante el verano y otoño se había preparado para recibir y pasar la temporada.

Le hacía feliz pensar que los duendes estarían bien. Esperaría con ansias la próxima primavera para verlos otra vez.

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