El Venado III

By on diciembre 1, 2017

CLT_1

XXXVI

EL VENADO

Continuación…

21

TÚ mismo eres cazador

pero no como el hombre lo es de ti.

Te cazas a ti mismo

para saborearte en el minuto

en que huyes del indio.

Huida temblorosa, imponente,

la tuya en esta tierra, de los hombres.

22

FANTASMA del Mayab, y del hombre y de ti mismo,

corres y saltas trepador en la Leyenda,

sobre la sombra de la prisa humana,

en un vertiginoso colgarte de las estrellas.

Príncipe y escogido

por tu selecto tacto, por tu pezuña mínima

pero no fuerte y segura en la caída.

Tus piernas son columnas de Zamná.

¡Oh, el dulce rocío de la fuerza jugando!

El cazador es un pedazo de ti mismo:

no es perfecto él sino en tu huella

y con el brazo tenso hacia tu cuerpo.

23

ESCÚCHAME desde el fondo de tu sangre:

Ha de llegar el día en que tu salto

sea un asalto suave hacia ti mismo,

y no huir de los hombres en la tierra

que te acercan a los dioses

cuando tú caes fatalmente

para desgracia de los hombres.

Descenderá una estrella, y los niños

y las mujeres se acercarán a ti;

tu difícil paciencia estremecida

te dictará palabras para todos.

Y en Yucatán extenso serás en tu descanso.

Nadie te tocará sino para estrecharte

en un abrazo limpio y generoso.

24

YO te veo caer, estás cayendo

desde el Principio y caerás el último

para encontrarte en una muerte lúcida

el primer día de tu libertad.

Yo te veo caer… El cazador resbala

dentro de ti, por tu pendiente rígida

en la muerte, y ondulante

en el irte escurriendo

por las rendijas de tu soledad.

Así estás solo,

más solo,

más en ti, sin deseo, sin vida,

pleno en la muerte y neto

en el dejarte llevar por el indio

que también está solo junto a ti.

25

AL hombro, bien… Y el árbol te saluda

y te saluda el sol

y se conmueve el agua,

y el viento se detiene para verte pasar

Carga al hombro… Parece que el indio camina

llevándose a sí mismo,

a su fantasma,

al espectro de su fantasma

interior, de su vida y la postura

de su vida, en la selva y en la muerte

que está en ti, sola, sola,

como solo estás tú, venablo mío.

26

Así estás bien… Así descansas definitivamente. Pero queda en el aire tu mueca que se va escurriendo, ya pulverizada, por los ojos de tu compañero que se quedó en el monte, esperándote. Y esperando su hora, también definitiva.

27

EXTENSA resonancia

de tus huellas heráldicas

se oye en el Popol-Vuh. Y es larga

la caricia en rumor de tu sangre en sus páginas,

y en el arca

de los dioses del maya

y del quiché. ¡Oh, tu vasta

genealogía como la obsidiana!

¡Fuiste el primero, es tu raza adánica!

Tu historia está gritando en la montaña

de la Biblia de América… Y es alta

tu sombra hacia los árboles, y es amarga

tu sombra proyectada

en la tierra, hacia el mar, en tu desesperada

fuga del hombre; y es mansa

tu soledad, cuando entre árboles, esmaltas

caída en el paisaje, tu mirada.

¿Por qué el hombre te mata

y te consagra

en el mantel de piedra de su alma?

(¿No tiene ya bastante

con matarse a sí mismo, en el alba?)

Porque eres un fantasma,

porque eres el fantasma

del indio que, caído en desgracia,

está buscándose el alma

en el bosque, en la piedra, en llanada.

Oh, fantasma,

fantasma tú y fantasma

del bosque y de la piedra y del alma

de las amargas, de las dulces cosas mayas.

28

YO voy también, como en danza

de palabras,

persiguiendo la huella de tu magia;

y me siento fantasma

agarrado a la entraña

erecta de tu símbolo… Un fantasma

que amanece en Pitágoras

haciendo números y contando palabras

en tus astas,

y cantando las alas

de tus pisadas.

29

HE caminado en el poema, todo

un minuto en tu ser, ¡y qué minuto!

el de ir entre hojas a tus ojos

y el de quedar inmóvil en el viento.

Viajar, viajar en torno

de la angustia en la copa de tu cuerpo,

es coger esta tierra con el sabor y el tacto,

en silencio, con un desesperado

deseo de morderme en el espíritu.

30

NADA más he viajado en el ocio

sentimental y musical de hacerme

amable, en el poema, a tu belleza,

con pequeñas palabras resbalando

en el camino humilde de tu vida.

Y he sentido un gran gozo,

un gozo inexpresable al acercarme a ti

con la impaciencia de mi tacto pronto

a sangrar en tu música;

y con los ojos

prendidos en mi ser y desprendiéndose

en el útil propósito

de sonreír inmóviles, vacíos,

como quedan los tuyos, al final, asombrados,

mientras se va su esencia por las rutas tranquilas.

¡Mientras se va la vida, mientras viene la vida

y nos quedamos solos con la muerte!

Clemente López Trujillo

Mérida, Yuc., 1933. México, D.F., 1941.

Continuará la próxima semana…

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