El Venado (II)

By on noviembre 23, 2017

CLT_1

XXXV

 

EL VENADO

Continuación…

11

VÉRTEBRA musical, deseo de estar solo,

y estar solo en deseo de no estarlo,

y ser su sola soledad su sombra,

y su sombra su sola compañía:

el venado, en la punta de los hilos del sol.

12

AMANECE en la tierra y amanece

en mí y en esta noche de mi alma.

(Después de tantos siglos estoy solo

y nada me acompaña sino el viento.)

Amanece en la tierra…

La vida es como un júbilo redondo

que hiende carnes con gozosos clavos.

Esto está bien arriba, pero abajo,

en este debajo de la sed que llueve

menuda y pertinaz, trágicamente,

el indio su fuego alimenta

y bebe su maíz en anchas jícaras,

y vive y muere y muere y se levanta.

Y yo estoy escuchándome en el viento

que me regala su amistad de piedra

grande en la que el venado se hace inmenso

de soledad con sol y con estrellas,

de soledad de hombre que aparece de pronto

deportista de sangre en la selva.

13

ES el tiempo de secas:

las nubes están mudas. Y la tierra

parece enloquecer enormemente

echando gritos de llamas

por la gran chimenea del incendio

en las quemas de milpas. Y el indio

levanta la cabeza y la aporrea

místicamente contra el sol

implorando una gota, cien mil gotas

de agua al cántaro magnífico.

Y el venado siente

un abrir y cerrar de tenazas por dentro.

¡Como el hombre, en el alma y en el cuerpo!

Y se aproxima a los cenotes,

quemándose en el aire de plomo incontenible

¡Qué tacto al acercarse al agua

y qué finura de felino

en su ir resbalando hacia sí mismo!

Y el hombre lo detiene con un plomo:

¡Hasta aquí, lo demás es la esperanza!

14

INMÓVIL estás hoy en un pedazo

de filete lamiéndose en su jugo,

cabe el yantar que me aproxima al gozo

de sentirme yo mismo, en muerte exacta.

Inmóvil estás ya, venablo mío,

pero tu eternidad no está vacía:

tu ausencia –tu presencia– la llenamos

de sutiles elogios…

Y mientras rebanamos un muslo, la palabra

muerde en el alfiler ditirambo.

Plenitud de tu carne en los manteles

que dicen del coloquio del almuerzo,

donde lucen el maíz en la tortilla

y da su leche en el pozole humilde.

15

INMÓVIL estás ya, venado mío,

Inmóvil en tu carne de Dios sobre la tierra.

Pero sé que en el monte

dejaste santamente iluminada

la otra selva musical, la de tus ojos,

echada a un borde del camino, cerca

de la tierna frescura del cenote

donde fortalecías el espíritu

sorbiendo el agua que se da en misterio.

16

AYER tenías el alma paseándose por las rutas humildes de tu elegante agilidad. ¡Estabas en ti mismo! Hoy tu sombra aplasta la soledad de mi esperanza. Ayer estabas en ti mismo, enlazada tu sombra a la sombra enlazada de tus cuernos. Hoy tu recuerdo en el camino.

Mitológico en mi alba de poesía,

te siento ahora en este mar unánime

de oro verde escurrido

en el henequenal: motor de piedras,

esquema de la sangre, colapso de los músculos,

raíz enorme yucateca en fuego.

17

YO te he visto soñando junto al mar

un desfile de largos paisaje gemebundos.

Lentos eran tus ojos hacia el agua,

lento era tu mirar y lento y lento

el golpe azul de las regatas de olas.

Estabas frente al mar, igual que un ímpetu

generoso, escupiéndose en la rosa

de la tarde viajera en tus ancas,

y estabas como el mar buscándote a ti mismo.

18

CIERRO los ojos

para no ver la sombra

de tu salto en mis dientes.

Pero te veo

con los ojos cerrados,

en un chorro de nervios.

¿Por qué serás eternamente en mí

como música indígena

en el sabor y en el deseo?

19

SE aprietan en tu cuerpo las palomas

en diálogo con tu sombra

en el incendio de las milpas torturadas de sed.

Yo te visto en posturas resonantes

jugando al ajedrez entre los árboles

y fútbol con las piedras.

Racimo grande de bejucos, pones

un largo grito en el paisaje,

y tus ancas enloquecen

al compás de los pies, sobre la tierra.

20

CAÑA fuerte de sol,

penumbra de la luna

en la noche de los arbustos,

¿qué ven tus ojos cuando caes

bajo el lazo mortal de los hombres?

¿Qué ven tus ojos inmóviles y tristes

de piedad, en la caída?

¿Qué ven los ojos de tu espíritu?

Se te llenan de piedras del camino

y ves sólo la piedra dolorosa,

grande y ardiente que en la selva grita

con silenciosa respiración, su alma y su tragedia.

Clemente López Trujillo

Continuará la próxima semana…

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