El tiempo diluido en “La cena”, de Alfonso Reyes

By on mayo 17, 2018

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Adán Echeverría

No podemos olvidarnos de quién fue Alfonso Reyes, ni soslayar la figura de su padre, el General Bernardo Reyes –de los favoritos durante el Porfiriato, que muriera durante el golpe de estado que diera aquel sobrino de Díaz. Habremos de recapacitar en lo anterior para ubicar en el tiempo la obra de tan gran intelectual mexicano. Hoy algunos descalifican la obra de Alfonso Reyes: “No he podido leer un solo texto de este señor sin dormirme.” Tengo la seguridad de que el uso del verbo “leer” no es sobre la obra de Reyes, sino por la costumbre de sólo despertarse para leer lo que se publica segundo a segundo en redes sociales.

Con esa idea del tiempo (segundo a segundo) nos acercamos al cuento “La Cena” del autor nacido en Nuevo León, que fuera embajador de México en Argentina. Hablar de tiempo y Argentina nos hará recaer en la figura de Jorge Luis Borges, quien tuvo la osadía de hablar maravillas de Alfonso Reyes. Borges cita como epígrafe este texto de Reyes: “Esto es lo malo de no hacer imprimir las obras: que se va la vida en hacerlas.”

Sabemos que lo que nos hará diferenciar un poema en prosa, de un cuento o narración, será que en el poema se privilegia el uso de las imágenes, y que para las narraciones se buscará privilegiar el uso del verbo. El verbo conjugado nos hará entrega de tres cosas al menos: tiempo, persona y modo. Esto queda muy claro dentro del texto que nos atañe, que es una narración, en donde el juego de la narración será ir midiendo el paso del tiempo (o el posible paso del mismo, toda vez que el tiempo es relativo).

Reyes tiene a bien comenzar su cuento con un verbo: “Tuve que correr a través de calles desconocidas.” Desde el primer instante entramos a la narración: vemos que el narrador, en primera persona, hace énfasis en el verbo “tener” como una necesidad, el infinitivo “correr”, y el participio que es usado acá como adjetivo de calles las señala como “desconocidas”. Desde el primer golpe de letras sentimos la desesperación del personaje-narrador.

La hora de la cita, los relojes públicos, esferas de reloj, sentimiento supersticioso de la hora, las nueve campanadas, los relojes iluminados, el tiempo transcurrido en el derrotero, nos hacen perdernos con el personaje en el tiempo, en esa desesperación de su carrera, una correría que emprende contra el tiempo. Nos preguntamos con él: ¿Cuándo es que ha ocurrido la escena? He ahí la ambientación inicial que busca desatar en nuestra lectura la idea de la prisa, y avocarnos a la desesperación del mismo personaje, como cargándonos de irrealidad de lo que sus ojos miran: las calles desoladas, “yo dormía en el mareo de mi respiración agitada”.

Un personaje es invitado a una cena por dos mujeres desconocidas, madre e hija, que rematan su invitación con un tono familiar: “¡Ah, si no faltara!” La invitación estaba hecha. El personaje se siente intrigado, y al mismo tiempo agradecido de la invitación, por lo que decide asistir.

Una mujer, a la que el personaje-narrador no alcanza a reconocer, le abre; al abrir le dice: “Pase usted, Alfonso.” El personaje no puede dejar de asombrarse al escuchar que le llaman de forma tan casera y cercana.

Sin mayor reserva, Alfonso es conducido por Amalia hasta el salón donde ya los está esperando Doña Magdalena, una mujer de 60 años. El personaje nos describe la casa, los cuartos, las paredes, su decoración, así como el mobiliario, y aquel cuadro de un hombre de barba partida. Las dos mujeres, vestidas de negro, lucen joyas antiguas. “El misterio de un parecido familiar se apoderó de mí.”

La cena transcurre en charla y comentarios; el personaje comienza a relajarse y a sentirse ante la presencia de alguna tía mayor y una prima que empieza a ser solterona. Pero después las cosas siguen de otro modo: las frases de las mujeres parecen volverse una petición.  La mujer joven se hace cargo de las palabras y acaba siempre por suspirar, mirando sobre la cabeza del personaje. Acá es cuando Alfonso empieza a sentirse extraño: es tal la insistencia de Amalia de mirar sobre nuestro personaje, que lo hace voltear una y otra vez hacia atrás, esperando encontrarse con alguien más, pero no hay nadie.

Deciden continuar la charla en el jardín. El autor escribe: “En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto.” Las mujeres deciden describirle las flores que Alfonso observa no se encuentran ahí; el personaje comienza a confundir las palabras de las mujeres con su fantasía: flores que muerden, flores que besan; tallos que se arrancan de raíz y trepan como serpientes a los cuellos. Todo lo anterior hace que el personaje se quede dormido.

Al despertar, sigue sentado junto a las mujeres, que continúan charlando, ignorando su presencia, resignadas a tolerar su mutismo. Es cuando se da cuenta de que los rostros de las mujeres, ante la luz que las alumbra, flotan en el aire, sin cuerpo. Ellas hablan de aquel capitán, de una explosión que lo dejó ciego, y Alfonso no entiende cuál ha sido la razón por la que le dicen esto, cuál ha sido el motivo de que lo invitaran a cenar.

Las mujeres lo cargan como si fuera un inválido, y vuelven a la casa para mostrarle un retrato. Se da cuenta de que él es el personaje de aquel retrato, como si se viera en un espejo, como si fuera su caricatura. Las mujeres lo miran con piedad, y corre de nuevo por calles desconocidas, hasta lograr llegar a su puerta, cuando escucha “nueve sonoras campanadas” que estremecen la noche.

Todas las emociones de la lectura no terminan de surgir de nuestra mente por la forma en que el tiempo se diluye entre los ojos. La ambientación que Reyes ha puesto en la construcción de la historia y la recreación confunden nuestras percepciones, y eso lo que no nos permite soltar el texto y quedarnos en el momento justo de no reconocer si aquella escena ocurrió, fue un sueño, o todo ha sido un desdoble del tiempo en el que el personaje ha vivido una historia fantasmal.

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