El secreto de Nachón Arce

By on septiembre 21, 2018

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Marta Aragón R.

En Oso Viejo, la lentitud de Nachón Arce era motivo de burlas, pero él las tomaba con una calma que se reflejaba en su mirada como una chispa juguetona, como si aquello, en lugar de molestarle, le causara regocijo.

Los días de hambre habían quedado atrás, lo mismo que la eterna búsqueda de oro a que se dedicaba por los cerros peñascosos, por lugáres inhóspitos y casi inaccesibles, en compañía de su compañero Urbano Murillo. Nachón se quedó a vivir en Oso Viejo, primero en el jacal que contruyera con Urbano, y después en el rancho del mismo nombre, propiedad de Felipe Jenssen. Allí trabajaban su padre Margarito y su hermano Melquiades, por lo que no le costó quedarse a vivir sin recibir salario alguno. Bastaba tener techo y comida a cambio de pequeñas obligaciones que le fueron asignadas en el rancho: cuidar las gallinas, dar de comer a los puercos y mantener repleto, en la cocina, el cajón de la leña.

Nachón Arce era un hombre alto y corpulento, de tez colorada y ojos aceitunados. Su segundo apellido era Ópton, que se había castellanizado del apelativo inglés Upton. Él y su hermano Melquiades denotaban su origen europeo, a diferencia de Margarito, el padre, que era bajo y moreno. Nachón Arce tenía un amor desmedido por el oro; y su afición era conocida por todos.

De un día para otro, pareció echar su afición al olvido, abandonando sus correrías con Urbano, quien se fue con los burros, la polveadora, las bateas, las barras, el talacho y las palas, y nunca más lo volvieron a ver. Nachón se hacía viejo y las reumas apenas le permitían moverse. Caminaba con pasos lentos y arrastrados porque, además del reumatismo, había engordado y su figura era enorme. Dejó de bañarse y traía siempre la misma ropa, que no se quitaba jamás; sobre todo, aquel viejo pantalón de mezclilla tan lleno de remiendos hechos con toscas costuras.

Su cara lucía una barba de canas amarillentas, y tenía un ojo medio bizco que le aumentaba su expresión bobalicona. Incluso al comer era lento: llevar la sopa del plato a la boca, le llevaba un tiempo prolongado. A los chiquillos les causaba una diversión enorme, y le tumbaban la cuchara antes de que llegara a su destino. Sin perder la calma, y con aquella mirada graciosa, Nachón volvía a llenar la cuchara para que los chamacos volvieran a tirarla, hasta que algún adulto detenía el juego.

Los chistes a costa de Nachón eran el diario pasatiempo de los habitantes de Oso Viejo. Aseguraban que cuando muriera sería enterrado con los pantalones puestos que cubrían sus pesadas y gruesas piernas.

Era lento para todo, hasta para hablar. Apenas se le entendía aquella jerigonza arrastrada, cuyas palabras se estiraban como hule de neumáticos. Su enorme barriga reventaba los botones de la camisa y no había chamarra que le cerrara; por esta razón, pasaba los inviernos en San Telmo de Abajo, donde el frío era más benigno.

Padecía de insomnio, pero no todos lo sabían. A nadie se lo contaba, pero los remordimientos de conciencia lo hacían pasar las noches con los ojos pelones, recordando su traición. Ni él mismo reconocía que había traicionado a Urbano Murillo: nunca le dijo que en Oso Viejo había pepitas de oro, casi a flor de tierra. Lo dejó irse, alegando que lo alcanzaría después, pero no lo hizo: no tenía intenciones de compartir su hallazgo. Se quedó en Oso Viejo, buscando entre el cascajo las doradas chispas que afloraban a la superficie cuando llovía, o las sacaba de la molleja de los pollos cuando hacía caldo; pepitas que iba guardando en un bolsillo interior del viejo pantalón de mezclilla que, con los años y con el peso del oro que fue guardando, casi se le caía a pedazos.

Como les pasa a muchos hombres, Nachón envejeció de un día para otro. Una tarde, luego que los chiquillos se divirtieron a sus costillas tumbándole la sopa, hartos, se fueron a jugar con la burra Domitila. Nachón Arce salió a sentarse en la vieja poltrona del porche, para admirar el panorama que se abría al horizonte. Se quedó dormido, pero ya no despertó.

Así lo encontraron Felipe Jenssen y sus hijos, Matías y Enrique.

―Mejor lo velamos hoy en la noche, y mañana lo enterramos con la misma ropa que trae. Está tan pesado que quién va poder cambiarlo.

Al otro día, a media mañana, envuelto en unas cobijas y unos sacos de yute, enterraron a Nachón Arce bajo un sauco junto al potrero. Colocaron sobre la tumba una cruz de madera con las iniciales de su nombre, años de nacimiento y muerte. Luego colgaron de uno de los brazos de la cruz su viejo y grasiento sombrero, que desapareció con el tiempo, junto con su recuerdo y los indicios de la tumba.

Ahora cuentan en Oso Viejo que por las noches ven arder cerca del potrero. Muchos piensan que hay oro enterrado allí, pero hasta la fecha a nadie se le ha ocurrido buscarlo.

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