El Sapito y el Iguano

By on octubre 5, 2017

Compilacion_2

XXXII

AUTOR:

JOSÉ JESÚS SÁNCHEZ MEDRANO

MUNICIPIO:

BUCTZOTZ, YUCATÁN

 

EL SAPITO Y EL IGUANO

La floresta yucateca dio la bienvenida a un nuevo día en esa primaveral mañana de mediados de abril. La hierba, aún impregnada del rocío mañanero, se mecía alentada por una leve brisa. A poco, los áureos reflejos acariciaron con calidez el follaje de los árboles. No obstante lo caluroso de nuestro clima peninsular, en esas primeras horas la temperatura era agradable.

Los ruidos del monte y de sus criaturas complementaban ese cuadro apacible y confortante que auguraba una jornada esplendorosa. La fauna que habitaba bajo el cobijo de esta espesura salía presurosa de sus escondrijos para realizar su tarea más importante: conseguir el cotidiano sustento. Aunque en esta aventura algunos se convertirían en alimento de otros, pagando de esta manera el obligado tributo a la naturaleza.

En la estancia ganadera “San Pedro”, ubicada al norte del municipio de Buctzotz, se notaba singular ajetreo, los mugidos del ganado vacuno que venía en tropel del potrero, azuzado por el vaquero, hacía su entrada al corral y se dirigía al bebedero a saciar su sed.

A unos metros de ahí, en un sembradío de zacate taiwan, un joven batracio a quien llamaremos Much, salía de su madriguera y se disponía, al igual que los demás, a procurarse el sagrado alimento. Dando graciosos saltitos, se enfiló rumbo al corral, pues su objetivo era introducirse al bebedero o pila de agua, lugar donde acudían los insectos en busca del vital líquido y en donde con su rapidísima lengua Much los atraparía.

En el camino se encontró con su vecina la tortuga Ac, quien también con su cansino andar salía a hacer por la vida.

-“¿A dónde vas con tanta prisa?”- le dijo el quelonio al sapito, sacando más el cuello del caparazón.

Éste le contestó: -“A la pila de agua del corral, a procurarme unos insectos para el desayuno, y de camino, darme un rico chapuzón.”

“Dichoso tú, que puedes subir las paredes del bebedero. ¡Ya quisiera yo darme un remojón, aunque sea en un charco!” – replicó Ac. Y agregó: -“Sólo ten cuidado, porque en este día tan claro, muchos depredadores están al acecho.”

Much reinició su marcha, y poco más tarde ya estaba sumergido casi por completo en las verdosas aguas de la pila. Solo asomaban por encima del líquido sus ojos saltones. Después de engullir cierta cantidad de insectos que descuidadamente se posaban en el agua, el pequeño anfibio decidió cambiar de sitio.

Salió del agua y encaminó sus saltos hacía un cocotero enano que estaba detrás de la cerca de varengas del corral, subió por el tronco y se encaramó en una de sus palmeras, en espera de insectos desprevenidos. No se dio cuenta de que muy cerca de él, confundida con el follaje de la palmera, se encontraba una culebra de color verde azulino o turquesa, muy quieta, inmóvil. Sus ojillos brillaron de gusto cuando vio llegar a su futura presa.

Absorto como estaba, Much no vio ni percibió el peligro, y solo cuando sintió que el ofidio con un relampagueante movimiento lo aprisionó entre sus poderosas mandíbulas y empezó a succionarlo, supo que estaba perdido. De cazador pasó a ser presa. Lentamente la serpiente lo iba engullendo, no tenía prisa.

Much comenzó a llorar, pero por la contracción que sufría su cuerpo a ser devorado, solo emitía unos débiles y casi inaudibles chillidos. Se estaba muriendo, casi no podía respirar. La culebra lo agarró por su parte trasera y en su piel sentía una nauseabunda viscosidad y oía el crujir de sus huesos que cedían ante la presión de la mortífera cavidad bucal del reptil. Y entonces dejó de luchar y se abandonó.

En eso se escuchó el ruido de un vehículo que entraba al rancho. De él bajaron dos personas y se encaminaron hacia la casa, pasando junto al cocotero. Uno de los recién llegados, cazador consumado, y conocedor de los sonidos del monte, se detuvo al oír el apagado lamento del sapito, alzó la vista y vio a la depredadora y a su víctima. El saltador ya tenía medio cuerpo en el interior de su victimaria.

Inmediatamente entró a la vivienda y volvió con un rifle calibre 22 milímetros, apuntó cuidadosamente y disparó. Presa y depredadora cayeron. Al cesar la presión mandibular, Much fue soltado y quedó inerte junto a la serpiente sin vida, estaba muy adolorido y paralizado, como muerto. Pasaron varias horas, entró la noche y el pequeño batracio seguía sin poderse mover. Fue una noche muy larga.

La claridad crepuscular antecedió a K’iin. Y entonces inició la actividad y el bullicio fáunico. Alboreaba un nuevo día. Los primeros fulgores acariciaron el maltrecho cuerpo del pequeño batracio y lo sacaron de su sopor. Intentó erguirse y dio una voltereta. Fue cuando se percató de que le faltaba su bracito izquierdo. Sucedió que, antes de incrustarse en la cabeza de la culebra, la bala le arrancó esa extremidad al sapito.

Con lastimoso andar, casi arrastrándose, entró al corral, y bajo la sombra de un pequeño arbusto dio rienda suelta a sus lamentos. Apenas hacía veinticuatro horas era dichoso, ahora su pequeño mundo se había derrumbado y pensó que su existencia llegaba a su fin. Sumido en sus funestos pensamientos, no sintió ni se dio cuenta de una presencia muy cercana a él, hasta que escuchó una voz grave, profunda, lenta y tranquilizante:

“¿Qué te sucede, pequeño amigo?”

No se asustó. Viró lentamente y vio a un enorme iguano, con su piel áspera y curtida por el sol. Irradiaba cierta majestuosidad y mucha seguridad. La cresta espinosa que adornaba su dorso le daba un aire soberano. Much observó sorprendido que a este imponente personaje… ¡le faltaba su brazo derecho!

Le contó a detalle a su nuevo amigo todo lo que le había sucedido el día anterior, y no aguantando más la curiosidad, le preguntó cómo había perdido su brazo.

-“Antes que nada, permíteme presentarme” – dijo el iguano. “Me llamo T’ool, ya he entrado a la madurez de mi vida. Esta desgracia me sucedió hace ya varios años, cuando era muy joven y muy imprudente. Ahora valoro más las cosas y las tomo con mucha filosofía, he aprendido a vivir bien sin esta extremidad, y tú también puedes lograrlo. Pero, tranquilízate, relájate y escucha mi historia.”

“Todo sucedió en un día parecido a éste. Buscando el sustento, me alejé de mi madriguera. Trepado en una enorme mata de j’abín, con mis sentidos puestos en mis futuras presas, no vi que Ch’úuy el gavilán volaba en las alturas, hasta que oí el zumbido del aire al ser cortado por la velocidad del ave que bajaba en picada con sus garras abiertas. Apenas tuve tiempo de meterme en una hendidura del árbol que milagrosamente se encontraba cerca, y me agarré a la madera con todas las fuerzas de mis uñas. Por la tensión y la prisa, mi brazo quedó fuera del refugio, y el rapaz, con sus poderosas garras, me lo arrancó de un tirón. Afortunadamente continuó su vuelo en busca de otra presa. Lleno de temor, me quedé en esa oquedad todo el resto del día y la noche. Al amanecer salí con precaución y con grandes trabajos me fui a mi madriguera.

“A los pocos días, decidí pasarme a vivir en los linderos de este corral. ¿Ves aquella mata de pich? Pues en su tronco tengo mi casa. Es bastante espaciosa y cómoda, la tierra es permeable y no se inunda. Los Wakaxes son mis amigos. Yo me alimento de unos insectos muy ponzoñosos llamados Pik, que cuando pican a alguno de ellos le causan graves heridas que pueden llevarlos incluso a la muerte, y ellos a su vez me protegen de las culebras, de las aves de rapiña y demás depredadores. A los ofidios no les gusta el olor del ganado y le temen a sus cascos, por eso se mantienen lejos de ellos.

-“Te invito a quedarte en mi casa. Como ya te dije, es muy espaciosa y cabremos muy bien los dos”- concluyó T’ool.

Much sintió que un bálsamo bienhechor y reconfortante lo invadía. La tranquilidad y el optimismo nuevamente entraban a su vida. Ya no estaba solo, tenía un verdadero amigo y compañero de su mismo dolor.

-“Acepto” – le dijo al iguano-. “Te ayudaré a comer esos insectos venenosos y así hacerme amigo del ganado.”

Y desde ese día, en el polvoriento estiércol de los corrales de “San Pedro” y entre el ganado que echado apaciblemente rumia su alimento, se ve a los dos amigos retozando alegremente, seguros y felices.

Esta historia es verídica, los personajes existieron y los lugares son reales.

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Continuará la próxima semana…

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