El lugar de la Demencia – VIII

By on mayo 18, 2018

DEMENCIA_08

VIII

“Es culpado de todas las calamidades ocurridas en la historia de la humanidad.

Se le teme y respeta desde el principio de los tiempos.

Pero el Diablo solo induce; quienes actuamos somos nosotros.

Él se disfraza para engañarnos, pero es honestamente malo;

nosotros disfrazamos nuestros pecados, somos deshonestos y cobardes.”

Oliverio Landucci, Cronista

Frontera sur de GUATEMALA – octubre del 2028

De 14 mercenarios que participaron en la operación de rescate del illuminati, ya solo quedaban 2, habían muerto 10 y 2 estaban en la superficie esperando el retorno de sus compañeros. Dentro del infernal bunker bajo tierra, Brooks y Amalia Martínez trataron de comunicarse con Randall y Bonnet, pero ningún aparato logró establecer conexión.

Sin armamento más contundente, agotados, heridos, trataban de calmar sus ímpetus más primitivos, mientras que Lev Aggot simplemente descansaba, sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de concreto, con los ojos cerrados.

Amalia se percató de la postura de Aggot, sintiendo un déjà vu. Pero prefirió atender a su compañero, quien sangraba de la nariz: la tenía partida a causa de la pelea con el teniente Lee Dahmer, el caníbal que ella misma había liquidado con un tiro en la frente.

Mientras limpiaba la herida de Brooks, sumó la muerte de Dahmer a su total como su víctima número 33 desde que se convirtió en asesina, entrenada por su padre, el célebre comando Mike Ramírez. Aquella cifra solo contabilizaba a los que ella mató por su propia mano, porque en misiones era imposible determinar con exactitud cuántos humanos habían perecido en ataques con bombas o armas de grueso calibre. Participó durante la guerra de México contra Guatemala; estuvo en infantería, y sabía lo letal que eran los ataques aéreos sobre poblaciones enteras. Cuando estos cesaban, los comandos avanzaban, pasando generalmente por pueblos totalmente destruidos, con poblaciones enteras liquidadas. Los ataques sobre enemigos militares también eran letales, pero las bajas eran infinitamente bajas comparadas por las sufridas por la población.

¿Era ella responsable de la muerte de todas esas personas? ¿Pagaría también por ellos? ¿Acaso no eran responsables quienes los mandaban allá en primer lugar? ¿De dónde conocía a este illuminati?

– ‘Me conoces de la misión en el Congo’ –dijo en voz baja Lev Aggot, sorprendiendo a la mujer que lo miró con una mezcla de extrañeza y coraje.

– ‘¿Qué sabes tú del Congo?’ –preguntó furiosa.

– ‘Lo sé todo, mujer: fui yo quien te mandó a esa misión’ –respondió divertido el illuminati. ‘Mis socios y yo necesitábamos el control de una extensa zona incrustada en la frontera con ese país; por eso enviamos mercenarios a aniquilar a quienes nos impedían obtener lo nuestro. Debo admitir que su eficiencia nos dejó muy satisfechos, por ello financiamos muchas otras incursiones, algunas de las cuales la tuvo a usted como protagonista. La ocupación de aquellos hangares en Munich; la aniquilación de los rebeldes de Dublín; los ecologistas de la amazonia en Brasil; los samuráis de Osaka… Usted trabajó en todos esos casos pagada por mí, señora.’

Amalia sintió un escalofrío al recordar todas esas misiones. Lo sangrientas que fueron, lo mortalmente efectivas. Pero debió regresar al presente pues Aggot elevó la voz para que también escuchara Brooks, quien pareció sobreponerse de su letargo.

– ‘El punto de unión que tengo con ambos es ese. Yo soy uno de sus clientes más selectos. Es paradójico que su eficiencia como mercenarios fue la que los trajo directamente a mí. Es alucinante, ¿no creen? Son tan buenos en su trabajo, que los contrataron para rescatarme de este infernal lugar… El problema radica en que, en realidad, quienes los contrataron esta vez me quieren de regreso no porque me quieran o estimen, a pesar de ser mis socios de toda la vida. Me necesitan vivo porque solo en mí radica la posibilidad de… digamos un asunto más importante.’

Brooks se incorporó: ‘Pues más vale que ese asunto sea lo suficientemente importante. Si no salimos de aquí ahora mismo, el asunto importante se irá a la mierda, así como su vida si no me dice exactamente quién es usted, qué es este lugar y quiénes son sus socios.’

– ‘¿Qué te hace pensar que contestaré tus preguntas? Amigo, estás aquí por mí. Sin mí te quedas sin nada.’

El mercenario quitó el seguro a su Beretta 380, la última arma de fuego que le quedaba, apuntando con ella la frente del prepotente sujeto para advertirle en tono alto: ‘Si tienes la llave para salir de aquí, más vale que me la entregues ahora, porque si no te meto un tiro en la cara; y no soy tu amigo, illuminati hijo de puta’.

Amalia trató de mediar tomando del hombro a su amigo: ‘Tiene razón, si lo matas nos quedamos sin nada.’

Brooks la miró extrañado. Normalmente ella respaldaba sus decisiones. Mirándola, le dijo:

– ‘¿Prefieres quedarte sin nada o con vida? Esta misión se salió de control y ahora es una situación de vida o muerte. Se han cargado a muchos de nuestros colegas, a la pobre Chaimae Bara, muchas muertes, muy probablemente las nuestras. Si ya estamos condenados, al menos también se irá con nosotros este malnacido’.

La latina reflexionó a la velocidad de la luz, colocándole su antiguo cuchillo militar en el cuello al illuminati, un arma que usaba como amuleto y siempre cargaba en todas sus misiones.

– ‘Contesta lo que él te pregunta o te rebano el cuello, pedante burgués, así salgo de dudas sobre si tu sangre es azul.’

Aggot no pareció asustarse ante la amenaza de la mujer. Se limitó a sonreír, aunque solamente lo suficiente para poner a continuación una cara sumisa: ‘De acuerdo. Ya que finalmente todo se pone interesante, trataré de explicarles todo de una manera en la que puedan entender. Será como tratar de explicarle a unos simios cómo aprender a hablar, sin ofender, pero es la verdad. Pero prefiero hacerlo sin tener sus respectivas armas cerca de mi cara y cuello. Además, deberé hacerlo en otro momento porque, si mi oído no me falla, nuevas pesadillas se acercan por el pasillo sur.’

En efecto, la horda mutante los había encontrado: los horribles alaridos que emitía y rebotaban en las paredes llegaban hasta los tres sobrevivientes. Todos buscaban posibles rutas de escape.

– ‘Maldición, Brooks, nos tienen sitiados; no hay otra ruta más que la que tomamos para llegar acá, precisamente donde aguardan más de esas bestias’.

El líder observó en todas direcciones, para después mirar hacia arriba. El bunker donde estaban era tan enorme que en aquella sala no se percibía el techo. La única salida era por ahí.

‘Bien, comandante, ya va entendiendo el juego’ –dijo divertido Aggot, exasperando al rudo militar que quería ahorcarlo por aquella enferma manera de tratar asuntos vitales.

– ‘Déjese de estupideces Aggot: si sabe cómo salir de aquí, tiene que decirnos ahora. No tenemos armas para detenerlos, y nos van a devorar a todos.’

– ‘Bien. Para poder hacerlo, deberán liberar su mente, enfocarse y entender que aquí dentro la física no tiene sentido alguno. Si convencen a sus mentes que lo que ven es posible, entonces podrán seguirme. Si no, pues… serán el plato principal de los mutantes.’

Dicho esto, Aggot se puso de frente a la pared, la miró con detenimiento y, dando un salto, comenzó a caminar por su superficie, dirigiéndose a la parte más alta.

Los dos comandos se quedaron atónitos tratando de comprender cómo aquello era posible.

Los primeros monstruos se dirigieron a Brooks, quien los eliminó disparando a sus respectivas cabezas. Amalia, mientras tanto, trataba de concentrarse para lograr aquella proeza, pero sus temores le impedían intentar aquel inusitado ascenso.

Una segunda tanda de mutantes ingresó y también fue barrida por los tiros del último cargador de Brooks, que debió utilizar su cuchillo para eliminar a los demás.

– ‘Amalia, lárgate de aquí, ya no podré contenerlos’ –le gritó a su compañera.

El pánico dominaba a Amalia. Aceptó en ese momento que moriría ahí, devorada por esos abortos de la naturaleza. Cerró los ojos y esperó su turno para ser comida viva.

Brooks degolló a dos zombis más. Decenas de ellos irrumpieron, obligándolo a correr en dirección a Amalia.

Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en sus brazos y saltó hacia la pared.

Continuará…

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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