El Lugar de la Demencia (III)

By on abril 13, 2018

DEMENCIA_03

III

‘Mi estómago no soporta recapitular mis pecados.

Invariablemente vomito cuando enumero

los horrores cometidos a lo largo de mi vida.

Me asquea el tipo de persona que soy.’

Oliverio Landucci, Cronista  

Brooks, Mancini y Orthon descargaron metralla de sus M16 calibre 5,56 mm y M240 de 7,62 mm sobre la horda de mutantes que avanzaba por el amplio corredor hacía ellos. Pero no fue hasta que Monroe utilizó su lanzamisil portátil FGM-148 Javelin, despedazando a aquellos abortos de la naturaleza, que pudieron tomar un respiro: decenas de ellos sucumbieron ante aquella herramienta de muerte cuya ojiva de combate tiene una penetración de más de 600 mm.

El olor de la carne podrida al quemarse inundó el espacio, a la par de una marejada de humo, por lo que los comandos retrocedieron para encontrar otro acceso hacia su objetivo.

Brooks los guio por un corredor alterno, más estrecho que el anterior, pero en dirección a donde señalaba aquel rastreador cuya tecnología desafiaba las normas establecidas por la ciencia.

Llegaron a un enorme bunker que parecía una especie de puerto de submarinos, pues dos de ellos se encontraban ahí. Eran modelos demasiado antiguos, quizá de principios de la Segunda Guerra Mundial.

Un desagradable aroma permeaba el ambiente. Donde alguna vez hubo agua, ahora quedaba una especie de pantano de fango, lleno de desechos y restos de cuerpos… Era difícil atinar a qué clase de ser pertenecían, dado el avanzado estado de descomposición.

No había guardias, ningún tipo de vigía, detectores, alarmas, nada. Era difícil creer que los raptores del illuminati descuidaran la vigilancia estando a tan solo 50 metros de distancia, según señalaba aquel aparato.

Brooks reunió a los hombres para explicarles la estrategia.

“Nuestro objetivo está a menos de 50 metros en esa dirección. Todo está oscuro, así que usemos el equipo especial, visores, detectores, toda esa mierda nueva. Síganme en modalidad ninja. Silencio máximo.”

Los mercenarios llegaron a la entrada de lo que era un salón no muy amplio. Detectaron a dos hombres armados que custodiaban aquel único acceso. El rastreador indicaba que el ‘paquete’ estaba al fondo a la derecha.

Reptando como serpientes, Monroe y Mancini llegaron hasta aquellos sujetos y los degollaron. Uno de ellos alcanzó a emitir un ahogado gemido, pero ya ingresaban Brooks y Monroe, sorprendiendo a otros tres que resguardaban al objetivo. Los tiros de Uzi con silenciador destrozaron las cabezas con diferencia de segundos.

“¿Señor Aggot? ¿Es usted Lev Aggot?” preguntó Brooks al personaje que permanecía sentado en un sillón, atado de manos y pies.

“Solían llamarme así, sí, pero fue hace mucho… Sí, soy Lev Aggot.”

“Somos su unidad de rescate, señor. Permítanos liberarlo y checar su estado de salud y físico, por favor,” indicó Brooks, quien seguía fungiendo como líder.

Mancini verificó la condición del hombre quien, más allá de su extremada delgadez, parecía estar bien y sumamente tranquilo pese a las condiciones de aquel perturbador entorno.

“El objetivo está bien, aunque supongo que débil. Podemos turnarnos para ayudarlo a salir de aquí,” dijo Mancini.

“Estoy bien, puedo caminar,” replicó el illuminati.

Brooks no quería perder tiempo. Afirmó con la cabeza para, de inmediato, indicar el retorno al bunker donde Amalia y la misteriosa mujer los esperaban. Les tomó cerca de media hora.

“¡Chaimae!” gritó Lev Aggot al reconocer a la mujer que seguía en estado de shock, sentada en un rincón.

“¿Conoce a esta mujer, señor Aggot?”

“Sí, es Chaimae Bara, esposa de uno de los nuestros. ¿Qué le pasó? ¿Por qué está así?”

Brooks, quien era poseedor de un agudo instinto, apartó con amabilidad a Lev de la dama, que permanecía en aquel estado de autobloqueo. Lo llevó a dos metros de distancia de ella para iniciar una serie de preguntas que fueron contestadas con firmeza en cada ocasión.

“Señor Aggot, ¿sabe usted en dónde estamos? Me refiero a que si pudo ver o escuchar algo que le permitiera tener una idea de donde fue traído.”

“No, desde que fui secuestrado en Los Angeles fui vendado de los ojos. Sé que fui transportado en auto, barco y avión, por extensos períodos de tiempo, pero siempre estuve encerrado; así que me fue imposible calcular con exactitud, pero creo que han pasado unos tres días.”

“¿Recuerda usted que día fue secuestrado?”

“Por supuesto, el domingo 1 de octubre del 2028, por eso calculo que han pasado unos tres días, cuatro a lo sumo. ¿Estoy en lo correcto?”

“No, señor, ha pasado casi un mes desde su plagio.”

“¿Un mes? ¿Pero cómo podría ser eso posible? Me hubiera percatado del paso de un período de tiempo tan extenso…”

“No se preocupe, quizá lo drogaron. Finalmente, eso no es relevante. Lo verdaderamente importante es que entienda que estamos en la frontera de Guatemala con Honduras. Tenemos helicópteros y armamento suficiente para sacarlo de aquí, junto con aquella pobre mujer,” finalizó Brooks.

Reunió entonces a todo el equipo para definir la estrategia de salida.

“¿Cómo está la cosa, Orthon?”

Tras una rápida mirada al mapa que desplegaba su rastreador, Orthon explicó la ruta a seguir.

“Estamos a 9 pisos de la superficie. Debemos trepar por donde ingresamos: las cajas de elevadores; la más cercana está dos pisos arriba, y llegaremos a ella por esa escalera.”

“Bien, entonces en marcha. Salgamos cuanto antes de este apestoso lugar,” ordenó Brooks.

Sin chistar, el grupo avanzó hacia el acceso.

Llegaron a la planta indicada.

¡Las cajas de los elevadores estaban tapiadas con enormes ladrillos! Era como si hubieran construido un muro para evitar que alguien saliera.

“¿Pero qué demonios?” gritó asustada Amalia, que no podía dar crédito a lo que veía. “¿A qué hora hicieron esto? ¡No es posible! ¿Qué diablos está pasando aquí?”

“¡Maldición! Esperen, ¿qué es ese sonido?” alertó Mancini.

“Suena como si se acercara una… una… ¡llamarada de fuego!” sentenció Monroe, el experto en demoliciones.

“¡Salgamos de este bunker ahora!” gritó Brooks, corriendo en dirección contraria al sonido que cada vez se acercaba más.

No dudó en ingresar a un corredor semiderruido, seguido de los demás.

El ruido se incrementaba. Sintieron en sus espaldas el calor de las llamas que los perseguían.

Se detuvieron ante el acceso a un largo pasillo, de unos 50 metros de extensión, una posible salida.

Sus mentes no alcanzaron a comprender el sonido que escucharon, pues no correspondía a ese infernal escenario, por lo que decidieron iluminar el corredor, iluminando con sus lámparas.

Ante su horror, descubrieron que todo el piso estaba cubierto de pequeños cuerpos…

Eran bebés, cientos de ellos, todos vivos y llorando a todo pulmón. La única forma de escapar de la espantosa muerte que se avecinaba en olas de fuego era correr en dirección a aquella salida, pisando sobre aquellos inocentes seres…

Por fracciones de segundo, aquellos tipos duros y despiadados tuvieron reparo en pisotear a los pequeños para salvar su pellejo; pero, cuando las llamas aparecieron en cataratas, todos iniciaron el dantesco recorrido.

Todos maldecían mientras aplastaban cabezas, brazos, estómagos y piernas mientras corrían en estampida. Todos menos Chaimei Bara, quien reía como retardada mientras era arrastrada.

Amalia, con lágrimas en los ojos, juró que mataría al hijo de puta capaz de diseñar aquel horror…

Anterior…

Continuará…

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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