El Kon Meyaj

By on septiembre 28, 2017

Compilacion_2

XXXI

COMPILACION LITERARIA DEL MAYAB II

AUTOR:

MIGUEL ANGEL ORILLA CANCHÉ

MUNICIPIO:

IXIL, YUCATÁN

 

EL KON MEYAJ

Ahora que el henequén y sus rudas y fatigosas faenas desempeñadas por el campesino maya son un nostálgico recuerdo, para quienes como yo, de una u otra manera, estuvimos ligados a las labores de esa noble planta que dio de comer a casi todo el Estado de Yucatán, creo que es necesario registrar parte de esa histórica etapa.

Para hablar del “espinoso” tema del henequén, es necesario recordar a aquellas gentes humildes, harto conocidas, pero poco valoradas, popularmente llamados como Kon meyaj que viajaban de su pueblo natal a las haciendas yucatecas, donde abundaba el trabajo, para vender su fuerza de trabajo, desempeñando los trabajos más pesados.

En aquellos prósperos tiempos, las plantaciones de henequén habían desplazado a las milpas y se necesitaba intensificar el uso de la mano de obra; esto, aunado el encarecimiento de los bienes de consumo, se conjugó en la comercialización de la fuerza de trabajo. Surge así la figura del Kon meyaj; en este período, principios del siglo XX, el henequén se convierte en el pilar de la economía de Yucatán y se empieza a hablar del “Oro Verde”, porque cientos de municipios y haciendas cercanas vivían casi exclusivamente de la industria henequenera.

Don Pancho Canché, un viejo y curtido peón maya, nos cuenta que cuando se paraba en lo más alto de la veleta de la hacienda sólo se veía un mar de puro henequén. Nunca se imaginó que esta noble planta se acabaría.

Todo giraba en torno al henequén: desde los dueños o patrones, los trabajadores y sus familias, tiendas de abarrotes, cantinas, servicios médicos, etc., en fin, toda la sociedad.

Durante esta floreciente época, destaca la figura del Kon meyaj, que en lengua maya significa vendedor de trabajo. Era la persona cuya mano de obra era utilizada por los hacendados para realizar los más rudos trabajos, como el chapeo, la siembra y el corte de pencas. Generalmente, el kon meyaj provenía de poblaciones distintas; dejaba familia y hogar, ya sea de manera permanente o temporal, se trasladaba al lugar contratado; en este caso, podríamos decir que era el bracero nativo.

Para comprender mejor este asunto, ubiquémonos en una época y un lugar el Estado, en donde el autor de este relato fue protagonista de algunas vivencias.

Año de 1960. Lugar: Ixil, ubicado al noroeste del Estado, muy cerca de Motul, considerado el corazón de la zona henequenera. Ixil tenía a sus alrededores las haciendas San José Ceballos, La Concepción, Kansacopó, San Juan de las Cruces, San Antonio Chunchucum y Toó. En esas heredades, todos los ixileños prestaban sus servicios en la planta desfibradora o en el campo. Era tal la magnitud de henequén, que había que importar mano de obra de otros pueblos, generalmente del Sur y Poniente del Estado. Así, llegaban a Ixil trabajadores de Umán, Tekit, Maxcanú, Halachó, Chumayel, Timucuy, etc., o sea los kon meyaj, para luego trasladarse por las haciendas mencionadas. Estos hombres en su lugar de origen eran enganchados por un contratista que ganaba un porcentaje mínimo por cada trabajador. El contratista se entendía con el encargado o con el patrón acerca de los trabajos realizados que debían estar bien hechos; igualmente se ponía de acuerdo con el tendero para surtirlo de lo más indispensable; lógicamente, la mercancía le salía un poco más cara.

Los lunes emprendían el viaje por autobús, pasando por Mérida, para llegar a Ixil a eso del mediodía. El camión en que se transportaban llegaba repleto de su semanal bastimento: tortillas hechas a mano, bolas de pozole, pimes o penchuk, envueltas en servilleta de tela y empacadas en sacos o en pitas de yute.

Este bastimento les duraba cuando menos cuatro días, porque al cuarto día se les empezaba a descomponer, a acedarse, a salirle kuxum, pero algunos así lo ingerían. Ya estando en el pueblo, enseguida iban a la tienda de abarrotes para surtirse de lo más indispensable: cerillos, velas, café y galletas. Cabe mencionar que en esos tiempos no había electricidad.

Los kon meyaj siempre cargaban una mochila grande de cotín en donde llevaban, de seguro, coa, calabazo, silab o afilador, ropa, y a veces hamaca. El medio de transporte para llegar a la hacienda era una plataforma jalada por una mula zacatecana. Cuando llegaban a la finca, eran alojados en grandes bodegas o galerones con techos de láminas de zinc.

El martes comenzaban a darle a la chamba. La jornada iniciaba a las primeras horas del día y se prolongaba hasta las tres o cuatro de la tarde, sin importarles el “sol que rajaba piedras”; por ratos descansaban, tomaban su pozole, bebida hecha de masa de maíz y agua, al que agregaban un poco de azúcar o sal con chile. Si sufrían algún accidente, como por ejemplo cortarse o el piquete de una víbora, eran llevados al pueblo, donde los atendía una enfermera empírica; si el caso era grave, lo llevaban a Mérida y los gastos corrían a cuenta del patrón. Puede decirse que en materia de salud solo Dios los cuidaba.

Tras la fatigosa tarea, los kon meyaj llegaban a la hacienda, y ellos mismos preparaban sus alimentos o lo que era, o es, la comida de los pobres: carne o puerco salado, huevo en sus diversas formas, chicharra, calabaza frita y laterías que acompañaban con frijol k’abax, chile habanero y muchas tortillas.

Cada campesino hacía tres mecates (60 metros cuadrados) de chapeo, o cortaba 3 mil pencas a diario. Al final de la semana alcanzaba la paga de 100 o 120 pesos. De este total se le rebajaba el anticipo, la cuenta de la tienda y algún otro gasto. Al final, al kon meyaj apenas le alcanzaba para mantener a su familia.

En algunas ocasiones, los kon meyaj no viajaban a su comunidad, dizque para ahorrar el pasaje, y se quedaban en el pueblo. Entonces caían en el vicio que siempre los tuvo postrados: el alcoholismo. Se emborrachaban hasta quedar tirados por el suelo; el poco dinero ganado con el sudor de su cuerpo en aquellas rudas jornadas iba a parar a los bolsillos del cantinero.

Uno de nuestros informantes, Ramiro Briseño, que se quedó a vivir definitivamente en el pueblo, lo dice con su peculiar lenguaje nativo: “Qué tontos fuimos, después de rajarnos el alma en el plantel, íbamos a rajarle la madre al dinero en la cantina.”

Muchos kon meyaj, por el trato frecuente con los lugareños, llegaron a formar familia con alguna joven mestiza; de ahí que en la comunidad existían personas de diferentes poblaciones del Estado.

En 1968 llegó a tierras yucatecas Cordeleros de México (CORDEMEX), con moderna maquinaria; era un programa del gobierno federal para tener el control total de la industria henequenera, con la intención de mejorar las penurias del campesino ejidal y de los que estaban al servicio de la pequeña propiedad; pero la corrupción en todos los niveles que acompañó a Cordemex y a otras instituciones, en diferentes épocas, como “Henequeneros de Yucatán”, Banco Agrario y Banrural, poco a poco, lenta pero segura, fue acabando con el “Oro Verde”. Pero esa es otra historia.

Aquellas prósperas haciendas que rodeaban Ixil, paulatinamente fueron desapareciendo del panorama y, en consecuencia, los kon meyaj.

Similar situación se vivió en otros municipios del Estado enclavados en la zona henequenera.

Ahora que el henequén se ha acabado, me parece justo este testimonio escrito para revalorar el trabajo de los kon meyaj, para que las nuevas generaciones conozcan el trabajo del campesino maya yucateco que con su sudor regó y se rajó el alma en los plantíos de henequén.

Continuará la próxima semana…

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