El Humorismo en Yucatán (XIII)

By on septiembre 21, 2018

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VII

3

Después de una larga estancia en el Hospital, el Vate Correa deambulaba sin brújula y, cansado de no hacer nada, entró a trabajar como dependiente en la tienda de un español a quien todos llamaban don Sabas. En aquella época, las tiendas de los barrios vendían de todo: estribilla, manta cruda, delantales, alpargatas, sombreros de huano, sogas, pan de trigo, algunos alimentos enlatados, sardinas, salmón y también vendían aguardiente. Esto último fue la causa de la desdicha del Vate. Un día sintió deseos de tomar un trago, destapó una botella de vino Jerez, llenó un vaso y se lo bebió. Luego cortó una rebanada de jamón y se la comió. El vino le supo a gloria después de aquella larga abstinencia a que estuvo sometido durante su estancia en el Hospital. Esa mañana, don Sabas había salido para arreglar el pago de sus contribuciones, pero alguien que vio al Vate cometiendo este abuso de confianza, lo denunció, y don Sabas, que era de pocas pulgas, lo despidió

Pocos días después, un amigo encontró al Vate en la calle y le preguntó: –¿Ya no estás en la tienda de don Sabas? ¿Te despidieron? ¿Cuál fue el motivo? Tú siempre has tenido buena conducta.

El Vate respondió:

Tú que mi conducta alabas

si quieres saber por qué

tan pronto me separé

de la casa de don Sabas.

Te diré de corazón

que yo perdí mi destino

por una copa de vino

y un pedazo de jamón.

–Te tentó el demonio ¿no es cierto? Porque tú ya estabas curado después del tratamiento a que te sometieron en el Hospital por orden del Dr. Molina.

Y el Vate, para justificarse, contestó.

El pobre doctor Molina

creyó hacer un gran servicio

dándome vino de quina

para curarme del vicio.

Y me alivió, no lo niego,

Pero si yo veo un RON

puede más la tentación

que el milagro de Juan Diego.

4

En épocas pretéritas, en las principales poblaciones de la península yucateca existía la costumbre de celebrar cada año una fiesta en honor del santo patrono de la localidad. La fiesta consistía en una misa, una corrida de toros y una vaquería en la que se bailaba la jarana típicamente yucateca.

En estas vaquerías todos los bailadores vestían el pintoresco traje regional, siendo de admirar aquellos hipiles primorosamente bordados en xocbichuy de las mesticitas, y los blancos y bien planchados trajes de los mestizos. Por tradición, nadie se atrevería a bailar la jarana si no portaba el traje regional.

Era de costumbre original que, cuando alguna pareja se había lucido en el baile, el público pidiera una “bomba”.

La “bomba” era un piropo en verso que el varón debía decir a su compañera de baile.

En una de estas fiestas regionales a la que habían asistido damitas de la sociedad emeritense, estaba presente el Vate Correa y, cuando el público pidió la bomba, el joven que estaba bailando con la simpática meridana le suplicó al Vate que lo sacara del apuro y éste, con amistosa elocuencia, le improvisó ésta:

Linda Paquita hechicera

florecita del Edén,

tú aliviaras mi arranquera

si en vez de Paca Cervera

fueras paca de henequén.

La “Bomba” fue muy celebrada, pues en aquellos tiempos se pagaba la arroba de sosquíl a muy buen precio.

 

5

A media cuadra de la Plaza Grande, entre la esquina de “El Gallito” y la esquina de “El Candado”, existía una cantina a donde iba todas las mañanas el Vate Correa a tomar su aperitivo. El propietario de esta cantina era un español a quien llamaban Don Valentín, que por su modo de hablar denotaba su origen gallego, y él no lo negaba. Decía haber nacido en La Coruña, aunque le hubiese gustado nacer en Santiago de Compostela. Don Valentín era muy atento con sus clientes y a veces charlaba con ellos, cuando los consideraba dignos de merecer su amistad por su cultura o por su simpatía.

Uno de sus clientes era un profesor del Instituto Literario que todos los días, después de terminar su clase, visitaba la cantina de Don Valentín, tomaba uno o dos vasos de cerveza y luego se iba a almorzar. Un día el profesor le dijo a Valentín: –He notado que el Vate Corra con frecuencia viene por aquí. Es inteligente y le gusta hacer versos, pero puedes ponerlo en un aprieto. Dile que busque el consonante de PATIO. No hay en nuestro idioma ninguna otra palabra que tenga igual terminación. Hasta puedes hacer una apuesta y la ganas, ¡seguro la ganas!

–Hombre, ¡¿pero es verdad?! ¡Siendo el idioma de Cervantes tan rico!

–Como lo estás oyendo. No hay consonante de PATIO.

Se marchó el profesor y media hora después entró el Vate y pidió su acostumbrada copa.

Valentín se la sirvió y entabló la charla:

–Oye, Vate, tú que eres poeta y sabes hacer versos, búscame el consonante de PATIO. Ya sé que es muy difícil, pero si lo encuentras te doy una botella de coñac, el más caro, coñac Robin.

El Vate se quedó pensativo un breve instante y luego, como si resucitara en su memoria algo que había aprendido en el colegio del maestro y presbítero don Norberto Domínguez, lanzó la respuesta, contundente:

El que sabe de latín

dice oracio al leer oratio.

El consonante de PATIO

ahí lo vienes Valentín.

Y así sin más dilación,

terminada la querella.

Venga a nos esa botella,

¡te la gané, garañón!

–“Perdí la apuesta,” dijo el simpático gallego y, para festejar el suceso, ipsofacto procedió a descorchar la botella de coñac Robin. El Vate, haciendo alarde de gentileza, convidó a don Valentín a tomar la primera copa.

Al día siguiente, cuando pasó el profesor, se enteró con asombro de que lo que creía imposible había sido lo más fácil para el Vate Correa.

Conrado Menéndez Díaz

Continuará la próxima semana…

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