El Humorismo en Yucatán (XII)

By on septiembre 14, 2018

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VII

El doctor Alejandro Cervera Andrade (Alcerán), es el autor de la siguiente recopilación de humoradas del notable vate repentista José Correa Villafaña (El Vate Correa).

1

José Correa Villafaña fue un tipo popular único en su género. No era un descamisado: vestía correctamente, saco de casimir y corbata, como se usaba en la época en que vivió. Era de carácter amigable, sencillo, inteligente, inspiraba respeto y simpatía. Su popularidad se debía a que era accesible a todos. Todos lo conocían en la ciudad de Mérida de principios de esta centuria, desde el más humilde al más encumbrado. Para todos era el Vate Correa, así le llamaban porque le gustaba versificar y lo hacía con una facilidad asombrosa. Quienes no lo conocieron, gozan oyendo a los viejos contar las ocurrencias de este personaje inolvidable, flor y esencia del tipo popular.

En estas páginas presento algunas anécdotas de su vida azarosa. Anécdotas que lo pintan con pinceladas de ingenio y picardía y tienen el sabor que a todos nos gusta paladear.

2

Los que en Mérida vivían a principios de este siglo, si aún existen, seguramente lo han de recordar. Y los que no lo conocieron, cuando menos habrán oído hablar de él como un personaje popular, dotado de una gran facilidad para versificar lo que en él ya era un hábito, a tal grado que se puede decir que hablaba versificado.

En la calle se le veía vestido correctamente, con “flus” de casimir, camisa y corbata; a veces usaba sombrero de fieltro, y a veces no llevaba sombrero. Era amigo de todos, desde los más encumbrados hasta los más humildes. Todos lo conocían y lo estimaban, le gustaba asistir a bailes, a fiestas y demás reuniones, siempre era bien recibido.

Un domingo, y de esto ya hace muchos años, en aquellas épocas en que la gente procuraba sanos esparcimientos a su espíritu en las fiestas de carnaval, un grupo de artesanos se reunió en una casa del barrio de San Sebastián con objeto de fundar una sociedad que sirviera de centro de reunión a la gente humilde. Se eligió a la directiva, se acordaron las cuotas y dejaron para lo último el nombre que habría de llevar la naciente sociedad. El Vate Correa acertó a pasar por ahí y, al ver que había una reunión, se detuvo en la puerta. Uno de los directivos le invitó a pasar y tomó asiento. El Vate Correa escuchaba en silencio. Uno proponía un nombre, otro proponía otro nombre, y las discusiones seguían. El Vate Correa ya estaba impaciente y pidió permiso para hablar. El presidente le concedió la palabra.

El Vate se puso de pie y solucionó el problema con esta cuarteta:

Basta ya de discusiones,

ésta se debe llamar

Sociedad de Diversiones

Recreativa Popular.

Por unanimidad fue aceptado el nombre, y con esto terminó la asamblea. Así nació la Popular Sociedad Recreativa que durante muchos años colaboró en la celebración de las fiestas carnavalescas de Mérida, junto con las Sociedades Paz y Unión, El Liceo y la Unión. Estos datos me los proporcionó mi viejo barbero, don Pancho Alcocer, que fue uno de los fundadores de la Recreativa.

El Dr. Don Augusto Molina tenía mucha estimación al Vate Correa y, aprovechando aquél su condición de Director del Hospital, lo convenció para que se sometiera a un tratamiento que lo curase del hábito de los tragos. El Vate aceptó y fue ingresado al Pabellón que atendía el Dr. Canto. El practicante de ese pabellón era Luis Urzaiz, buen estudiante que llegó a ser un buen doctor, y éste fue quien me refirió la anécdota.

El Doctor no quiso suprimir bruscamente la bebida, y ordenó que le dieran al Vate una ración de vino quina. El practicante anotó en la ordenanza lo que prescribió el doctor, pero el proveedor no pudo cumplir la orden porque ese día era domingo y no abrieron los establecimientos del ramo. Cuando llegó la hora del almuerzo, el Vate se dirigió a la enfermera solicitando la ración de vino que había ordenado, y ella trató de explicar las razones por las cuales no se pudo cumplir la orden. El Vate, quien maliciosamente pensó que la enfermera trataba de cubrir una omisión del practicante, y después de almorzar se dirigió al cuarto de los practicantes, buscó a Urzaiz y le reclamó diciéndole:

El doctor me recetó

una ración de buen vino

mas como no se me dio

yo colijo y adivino,

que tal vez se te olvidó

anotar en la libreta

la prodigiosa receta

que el doctor me prescribió.

Urzaiz trató de desengañarlo, pero no lo consiguió.

Al día siguiente, después de pasar visita a los enfermos, el doctor dio su clase de clínica a los alumnos. El Vate aprovechó la ocasión para felicitarlo y recordarle el vino diciendo:

Tu elocuencia me fascina

pareces un orador

mas no te olvides doctor

de mi buen vino de quina.

El Doctor, que ya estaba enterado de lo sucedido el día anterior, para tener contento al Vate le ofreció que los domingos y días de fiesta le daría doble ración.

Dos días después se anunció la visita de Don Olegario Molina, que ya era Ministro de Fomento. El Vate aprovechó esta oportunidad y el mismo día de la visita del Ministro le dijo al doctor:

Molina de México vino

y hacen fiestas en su honor

que no se te olvide doctor

mandar mi vaso de vino;

mas no pudiendo dudar

de tu actitud buena y noble

por ser día de guardar

espero una ración doble.

Y cuenta el Dr. Urzaiz que el Vate, para asegurar su ración de vino, todos los días se lo recordaba en verso.

Pocos días antes de darlo de alta, el administrador, que era un tipo ahorrativo, puso al Vate Correa a pintar los barrotes de una cama que merecía ser retocada. Cuando Urzaiz entró al pabellón para atender a un enfermo, vio al Vate ocupado en su trabajo, y le preguntó por qué estaba haciendo eso. El Vate contestó:

El bruto administrador

por ahorrar una peseta

ha convertido a un poeta

en burdo embadurnador.

Y aquí estoy en la fajina

no se te olvide doctor

mandar el vino de quina

para este pobre pintor.

Una vez más, el Vate aprovechó la oportunidad para recordar al practicante su ración de vino.

Conrado Menéndez Díaz

Continuará la próxima semana…

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