El Humorismo en Yucatán (II)

By on julio 5, 2018

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INTRODUCCIÓN

Siempre fue el humorismo válvula de escape del yucateco, atenaceado por las ingratitudes de un medio geográfico y económico adverso que hizo surgir pronto el desánimo en los espíritus esforzados de los primeros colonizadores hispanos.

Ciertamente que en la época colonial no se pudo manifestar al igual que las demás manifestaciones literarias surgidas con posterioridad –por la falta de imprentas, la austeridad de las costumbres, la pobreza de medio económico y la vigilante suspicacia de la Inquisición– pero ello no obstó a sus expresiones verbales, que se transmitían en el comercio de la vida diaria.

Cabe recordar el ejemplo del cura Lorenzo Mateo Caldera, párroco de Hunucmá a principios del siglo XIX, entre cuyas producciones humorísticas señalaremos la siguiente –citada por el Dr. Eduardo Urzaiz en su gustada sección periodística “Reconstrucción de Hechos”.

En aquellos lejanos días, era costumbre extendida en Yucatán que a todo huésped de una finca rústica se le diese comida y alojamiento gratuito. Inconforme con dicha altruista costumbre el Padre Caldera, que tenía una modesta heredad a la vera del camino de Mérida a Sisal, zona muy frecuentada por viajeros de toda laya, escribió la décima que a continuación transcribimos y tras hacérsela entender al mayordomo la fijó, grabada con grandes caracteres, en la pared del corredor. Decía así:

Quien aquí llegue no entienda

que da pan el mayordomo,

pues Dios sabe cómo como

para que mi hacienda ascienda.

Tiene orden, sí, de que atienda

a quien con la plata asoma,

y si por punto algo toma

para comer o llevar,

en habiendo de pagar

quien siga su punto… y coma.

Decíamos que el yucateco se procura una válvula de escape a las amarguras de la vida, derivadas de la pobreza del medio físico-social, destilando las mieles del humorismo, sea para buscar el lado amable de las cosas, a veces muy difícil de encontrar; sea regando con la salsa amarga de la ironía la aridez de las situaciones injustas o ridículas en que la inocencia, la ingenuidad y aun el ingenio, son atropellados no pocas veces por la fuerza ominosa de la riqueza y el poder.

Aunque paciente como el que más, el yucateco –aún el mestizo y el casi inexistente criollo– supo vengarse siempre de la injusticia y el ridículo de las situaciones con la producción humorística, que a veces se manifiesta en esos admirables apodos que tan aficionado es a endilgar, por las más sutiles asociaciones, y que al recibir el refrendo general llegan a constituir verdaderas marcas familiares, como comprobación de lo acertado de su creación.

Sin el menor propósito de trazar una caracterología del yucateco, similar a la que en plan genérico se ha querido hacer del mexicano, señalaremos que ya desde los albores de la Colonia se llegó a hacer notar en la lejana Metrópoli. Al efecto, recordaremos espigando una vez más en la obra citada del Dr. Urzaiz que en el año de 1725 el Rey de España Felipe V envió a Yucatán al oidor Juan Pérez de Viedna, persona de toda su confianza, para que averiguara qué clase de gentes eran aquellos yucatecos que constantemente le estaban enviando protestas, alegatos y quejas contra la Audiencia de Guatemala, de la que dependía en lo judicial la provincia.

Después de desempeñar a conciencia su cometido, charlando con personas de la más varia condición, el oidor Pérez de Viedna le rindió a Su Majestad hispana el siguiente informe sintético y en verso:

Son cabezones,

hijos de vascos,

todos parientes

y en guerra siempre

unos con otros.

En la Enciclopedia Yucatanense (Tomo V), el Lic. José Esquivel Pren habla conjuntamente de los escritores costumbristas y humoristas en la tercera parte de su documentada y bien pensada Historia de la Poesía, la Novela, el Humorismo, el Costumbrismo, la Oratoria, la Crítica y el Ensayo en Yucatán. Señala como primeros humoristas surgidos en nuestro medio al Padre Caldera, ya mencionado, y a Juan José Duarte Novelo, citado elogiosamente por don Justo Sierra O’Reilly y por el Lic. José María Valdés Acosta como “escritor de decir gracioso, incisivo en algunas ocasiones, y que más de una vez con un chiste o una peregrina ocurrencia, de que siempre tenía a su alcance un amplio repertorio, cortó el nudo de una dificultad insuperable al parecer.”

En el período de 1821–1870 florece el humorismo en Yucatán a través de escritores –que menciona el Lic. Esquivel Pren– en su obra citada, como Mariano Trujillo, autor entre otros del poema festivo y de costumbres intitulado “Hay Marrajos”, sátira humorística en que pone en solfa con mucha gracia a los comerciantes tramposos, a los hipócritas de misa y pecado, a los petimetres, a los usureros, etc.

En la nómina de humoristas de ese período figura después don Manuel Barbachano y Tarrazo, que popularizó el seudónimo de Don Gil de las Calzas Verdes y también empleó el anagrama de Arach Noab. Reunió sus producciones, ya insertas en los periódicos locales El Registro Yucateco y El Mosaico, en un volumen intitulado Artículos de costumbres y satíricos. Fueron sus modelos –escribió preferentemente en prosa– los españoles Mesonero Romano y Larra.

Otro humorista de esa primera mitad del Siglo XIX fue Fabián Carrillo Suaste, nacido en 1822, a quien señala JEP, como ventajas respecto a Barbachano, su mayor colorido local, su desarrollo de temas netamente yucatecos, su mayor desenvoltura y agilidad de estilo. Brota en él espontáneamente la sátira festiva contra ciertas personas, cosas y usos del País. Ya en 1847, aparecieron varias donosas producciones suyas en Don Bullebulle, firmadas con los seudónimos de Fabio o Niní Moulin. Otras las firmaba con su nombre completo o como F. Sebastián Carrillo. Su libro, Colección Literaria, fue publicado por entregas de septiembre de 1879 a abril de 1881; contiene toda su obra literaria, en su mayoría costumbrista.

Conrado Menéndez Díaz

Continuará la próxima semana…

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