El dragón que se durmió

By on febrero 8, 2018

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Marta Aragón R.

Hormiga paró muy bien las orejas y guardó silencio. Su abuelo, Hombre que Cura, había tomado la palabra. Los oyentes escucharon con reverencia, la brisa movía las ramas del campo y el crepitar de la leña ardió dentro de un círculo de piedras; las chispas se esparcían brillantes y alegres por el ambiente, y la luz enrojecida del fuego llenó de luz y sombra a los presentes.

Hombre que Cura alzó los ojos al cielo nocturno y éste le devolvió el infinito parpadear de estrellas. Regresó la vista al fuego y empezó a contar las historias de los que le precedieron: sus abuelos y los abuelos de sus abuelos, tantos, que su recuerdo se perdía en los oscuros rincones del pasado. El abuelo de Hormiga era viejo, su cara era ancha y llena de arrugas, el cabello cano caía lacio y espeso sobre sus hombros. Como era hombre de poder, adornaba su cabeza con un penacho de plumas de aguililla y gavilán. Usaba taparrabos de piel de conejo, y se cubría con un manto hecho de piel de nutria marina. En aquel momento no usaba la capa hecha de negros cabellos humanos, cabellos de mujeres doncellas, que usaba durante las ceremonias religiosas y de curación; Hombre que Cura dio un suspiro muy hondo y sin alterar su semblante tranquilo empezó a contar:

“En los tiempos antiguos, por aquí vivían animales que ya no se ven, ya no caminan por aquí ni nadan ni vuelan ni dejaron rastros, sólo quedó su recuerdo. Entre todos esos animales”  ̶ continuó el hombre ̶  “había uno que causaba miedo porque volaba arrojando fuego por el hocico. Vivía en el fondo del mar y de allí salía con las alas extendidas, arrojando llamaradas que quemaban los pinos, que nos dan piñones, a los encinos que nos dan bellotas, y a los pastos que esconden a las chacuacas, conejos y liebres; los venados huían para otras partes porque no quedaba nada para comer.”

“Los incendios nos dejaban sin refugio ni alimentos. Se vivían tiempos de mucho sufrimiento; muchos murieron de hambre o por haber sido quemados. No había un solo grupo de animales y hombre que no hubiera visto reducida su población. Aquel animal tan grande, con cachora gigante y voladora, era único porque no tenía compañía; pero era una hembra, y se corría el peligro que pusiera huevos. Se juntaron los viejos sabios y decidieron que tendrían que acabar con la bestia voladora y destruir los huevos si los llegaba a poner.”

“¿Cómo podrían matar a bestia tan grande? No tenían ni arcos ni flechas para herirla de muerte, tampoco sabrían cómo destruir los huevos que serían grandísimos. Los hombres sabios se retiraron al desierto sin agua ni comida, cargados de tabaco coyote y toloache, yerbas que les permitía oir Al Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe y Que Vive en la Casa de la Luna. Él les diría qué tenía que hacerse. La luna amarilla caminó hasta medio cielo, los coyotes hablan con ella entre las sombras de la noche. Tiempo de dormir, mañana será otro día. ¡Vámonos ya, Hormiga! Que tenemos que levantarnos al alba.”

Abuelo y nieto se dirigieron a una casa hecha de ramas. Era el nieto predilecto de Hombre que Cura y tenía el privilegio de vivir con él y conocer todos sus secretos; sería el siguiente cusiyay del grupo, porque aprendería toda la sabiduría de su abuelo, el hombre sabio de Pa Tai, El Lugar de los Hombres Altos, quienes vivían junto a los espesos bosquecillos que abundaban junto a los cauces del arroyo, abundantes cuando las lluvias los hacía desembocar en la bahía azul y tranquila que se extendía más allá de las dunas doradas. Esta gente se llamaba a sí mismas kumiay, y vivían en diferentes asentamientos en un territorio muy grande que se extendía principalmente por el norte; tenía otras comunidades al oriente de Pa Tay.

La vida de los kumiay sucedía en tres regiones distintas: el mar, el desierto y las montañas. Ellos sabían muy bien cómo alimentarse de lo que producían estos lugares, así que su vida consistía en cambiar de sitio, según lo que la tierra o el mar produjera; la bahía era pródiga en moluscos de concha, enterrados en la arena, pegados en el litoral rocoso o en el lecho marino; en langostas, sardinas, atunes y, nadando entre las olas, las nutrias y los lobos marinos de quienes obtenían pieles y alimento. Fabricaban balsas de tule sobre las cuales se adentraban al mar a pescar animales de mayor tamaño. Recogían almejas, unas almejas gordas y de conchas blancas, que eran toda una fiesta. Los niños se divertían mucho hundiendo los talones en la arena húmeda, hasta que daban con las almejas enterradas. También recogían caracoles y abulones que luego comían asados, crudos o secos sobre grandes fogatas, acompañados de cantos y danzas que se prolongaban por días llenos de alegría y felicidad.

Los hombres, chiquillos y adultos, se dedicaban a la cacería. Desde edad muy temprana aprendían a cazar con palos aventadores, con los que atrapaban por las patitas a los veloces conejos y liebres. Los mayores se aventuraban por días, buscando berrendos, venados o los lejanos borregos cimarrones, en las altas montañas del sur; pero la culminación de obtener alimento era cuando llegaba a varar una ballena, porque alcanzaba a dar de comer a varias comunidades por varios días. Había mucho qué comer, tanto animales como plantas; eran nómadas y seguían a los animales que les daban alimento, que iban tras las plantas que reverdecían y daban follajes o frutos, dependiendo del clima. Los kumiay eran un pueblo saludable, sus integrantes eran fuertes de complexión. y muy altos; de cabellos y ojos muy negros y piel oscura. Eran felices y muy despreocupados.

Un pedazo de luna amarillenta los contemplaba desde el cielo oscuro. Hombre que Cura y Hormiga caminaban en silencio. Al niño lo carcomía la curiosidad por saber cómo se deshicieron los antiguos de aquel montruo de fauces ardientes, soñaba con haber estado presente en aquellos míticos tiempos y con haber sido él quien hubiera derrotado a la bestia.

̶  Mañana iremos a sacar almejas a la playa y fabricaremos una balsa de tule que cortaremos en las lagunas. Tienes que levantarte al alba para arreglar lo necesario para el viaje; voy a buscar unas hierbas que necesito para el camino.

̶  Está bien, abuelo. Me levantaré con la primera claridad.

Esa noche, Hormiga apenas pegó los ojos por la emoción; deseaba que su abuelo lo llevara con él cuando se adentrara en el mar más allá de la línea del oleaje.

Al otro día, el sol caminaba esplendoroso en su jornada celeste, mientras Hombre que Cura y Hormiga caminaban bajo el follaje de los árboles que bordeaban el cauce seco del arroyo que desembocaba en la próxima ensenada. Los pájaros belloteros volaban entre las ramas de los encinos, y el ambiente estaba impregnado de trinos aislados y el crujir del manto de hojas secas bajo sus pisadas. En poco tiempo, se encontraron escalando las dunas que ocultaban las azules aguas de la bahía.

En aquel viaje no los había acompañado nadie, fueron solos. Hormiga caminaba con el pecho henchido y daba suspiritos a cada rato; sospechaba que su abuelo iba a enseñarle los secretos de su pueblo. Estaba seguro de que su abuelo le revelaría el secreto de la desaparición de la criatura alada y humeante.

Lo primero que hicieron al llegar, fue buscar almejas en la playa. Acamparon a la orilla del mar, entre las dunas de arena dorada. El olor a mar era fuerte y levantaba al espíritu. Las gaviotas volaban tranquilas sobre ellos, y el sol sacaba chispas del agua. Hombre que Cura miraba silencioso a la isla que se alzaba a lo lejos de la rompiente de las olas. Hormiga también puso cuidado en aquel sitio, que de inmediato le sugirió las formas de una criatura extraña.

̶  Parece que duerme, abuelo.

̶  Dices bien: está dormida.

El abuelo regresó a ese silencio que perturbaba al niño por la extraña profundidad, el hermetismo insondable que lo hacía sospechar que Hombre que Cura hablaba con El Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe y Que Vive en La Casa De La Luna. El niño entró a los recintos de su propio silencio en los que vivía como si fuera un poderoso cusiyay de los tiempos antiguos.

Aburrido de la inacción, se fue a pasear hasta los cerros que se alzaban por el norte. Estaban poblados de hermosos pinos y cipreses que impregnaban al ambiente con un aroma resinoso muy dulce. Caminaba de regreso, cuando cazó un conejo con el palo aventador; cuando volvió a la playa, su abuelo seguía en la misma posición, contemplando la isla; seguía sumido en aquel silencio que lo hacía sentir una gran reverencia por su ancestro.

Comieron conejo asado en silencio, bajo la luz de una luna amarilla que tampoco hablaba mientras recorría su ruta nocturna. Cuando Hormiga despertó al siguiente día, Hombre que Cura había abierto algunas almejas e invitó a comer a su nieto.

̶ Apúrate, Hormiga, porque nos vamos a recoger tule de las lagunas. Te voy a enseñar a fabricar una balsa, porque quiero llevarte a la isla.

Cruzaron las dunas, y un poco más adelante llegaron a una laguna. En ella nadaban tranquilos algunos patos, y picoteaban en el cieno garzas hermosísimas. Hicieron varios viajes a la laguna, y después fueron a otra lagunita que estaba por la parte sur. En el camino encontraron a paisanos. Hombre que Cura era muy conocido en la región. Tenía fama de hombre sabio y se ganó a pulso el respeto de todos los kumiay; hasta las comunidades del norte había llegado su fama, ya que muchos venían desde lo más apartado a pedir consejo o ser aliviados de sus males.

Esa noche, cuando descansaban alrededor de la fogata llegaron unos visitantes a escuchar las historias de Hombre que Cura. Habían traído gruesos troncones para alimentar la lumbre. El silencio se instaló alrededor de la fogata. Hombre que Cura miraba la oscuridad de la noche, como si esperara que las estrellas le murmuraran al oído la continuación del relato de la bestia que volaba echando lumbre y humo por la tragadera.

Suspirando hondo, el abuelo de Hormiga continuó:

“Los antiguos cusiyai llenaron unas calabazas con agua como único alimento, y echaron a caminar rumbo al sureste, en donde estaban las grandes planicies del desierto. Atravesaron cerros, colinas, valles y montañas escarpadas. Abrevaron en los escasos aguajes que encontraron en el camino. Las espinas de cactos, choyas y uñas de gato les rasguñaron la piel; las víboras de cascabel les mordieron los talones, pero ellos seguían caminando. No los venció ningún veneno, ninguna ponzoña, ninguna fiera ni alimaña. Firmes, continuaron su camino hasta que, extenuados, llegaron a una extensa planicie amarilla en cuyo lado occidental se alzaba una cadena de montañas escarpadas, y por el oriental, el mar azul repleto de totoabas. Y así, cuando estuvieron en medio de aquella nada, se sentaron en círculo con las capas hechas de cabello humano cubriendo su cuerpo, y empezaron a fumar pipas de tabaco coyote y toloache con la intención de que El Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe y Que Vive en la Casa de la Luna escuchara sus súplicas y les dijera qué tenían que hacer para deshacerse de la criatura que arrojaba lumbre por la boca.

“Anocheció, y los cusiyay seguían cantando y danzando alrededor de la fogata. Las sombras de su danza se extendían por el terreno amarillo; los cantos se confundían con los aullidos de las jaurías de coyotes que aullaban al cielo de la noche. Uno de los cusiyay cayó al suelo en medio de convulsiones. Era Venado que Brinca. Todos detuvieron cantos y danzas: El Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe y Que Vive en la Casa de la Luna se estaba comunicando con él. Todos se sintieron presas de un sueño pesado y negro que los devolvió a la vida bien entrada la mañana. Despertaron todos, menos Venado que Brinca, que no lo hizo hasta la metida del sol, regresando a la vida.

̶  ¿Qué te dijo El Que Vive en la Casa de la Luna?

̶  Que sólo yo puedo matar a la Bestia que Vuela y Echa Lumbre; que sólo yo puedo y tengo que hacerlo. Tienen que regresar a Pa Tay y yo debo subir a las montañas del occidente a realizar lo que El Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe me dijo que hiciera.

“Los cusiyay siguieron rumbos distintos y regresaron a Pa Tay, menos Venado que Brinca, que se dirigió hacia el oeste y empezó a escalar la elevada pendiente de rocas cortadas a tajo, y cuya cumbre estaba coronada por un bosque de olorosos pinos. El cusiyay elegido se abrió la piel con los filos de las rocas y las espinas de cactos y breñas. Se topó con borregos cimarrones y con pumas; cóndores y águilas volaban sobre su cabeza; lo acompañaban los graznidos de los cuervos y los penetrantes chillidos de los gavilanes. Por fin, venció la cumbre de escarpadas montañas. Llegó a un valle plano bordeado de pinos donde pastaban tranquilos un grupo de venados. El aroma de la salvia real impregnaba al ambiente y la yerba de oso dejaba ver sus frutos oscuros y pequeños. Cantaban infinidad de pajarillos y las ardillas corrían de un árbol a otro.

“Venado que Brinca sabía a dónde dirigirse para cumplir con el mandato de El Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe y Que Vive en la Casa de la Luna y, cuando terminó, llenó la calabaza que le servía para tener suficiente agua, y se regresó hasta Pa Tay en donde todos lo esperaban.

̶  Por fin regresas, Venado que Brinca. ¿Te fue bien?

̶  Tenemos que esperar al pájaro que arroja lumbre por el hocico.

̶ Danzaremos y cantaremos en honor Del Que Vive en la Casa de la Luna para agradecer su ayuda. Cazaremos venados y berrendos para hacer una gran fiesta en su honor, enterraremos muchas cabezas de mezcal para aderezar las carnes, y beberemos agua de islaya y atol de bellota. Los kumiay tendrán una gran celebración.

“Venado que Brinca recuperó las fuerzas y el pueblo tuvo la gran celebración de agradecimiento para El Que Todo lo Hace; pasaron los meses hasta que el tiempo dio la vuelta y regresó el verano. Pa Tay estaba cubierta de abundante pasto seco, el invierno anterior había llovido mucho y había brotado mucha hierba en los valles y en las faldas de los cerros. Entonces apareció la enorme cachora alada echando lumbre por la boca. El terror y la muerte se desparramaron por Pa Tay y sus alrededores. Ardía todo, el calor era insoportable, y el aire no podía respirarse por las humaredas. Venado que Brinca comprendió que había llegado la hora de hacer su trabajo. Vestido con taparrabos de piel de conejo, coronado con un penacho de plumas de gavilán, y cubierto con la capa cremonial hecha de cabellos humanos, salió rumbo a la playa a esperar que la bestia saliera del mar. La luna camina rápido y creo que es hora de dormir”  ̶ dijo Hombre que Cura ̶  al tiempo que se incorporó y llamó a su nieto para que lo siguiera

Al otro día, Hombre que Cura, Hormiga y los visitantes se pusieron a fabricar balsas de tule para salir a pescar mar adentro en la bahía. Hubo muchas manos que ayudaron y la balsa quedó construida en poco tiempo. Se construyeron más balsas, los hombres fueron por tules a las lagunas; y no dejarían que Hombre que Cura y su nieto, navegaran solos mar adentro. Cuando el último rastro de luz solar desapareció en el horizonte marino, y el cielo oscureció, el grupo encendió una gran fogata para asar choros, pescados, almejas y langostas: el día había sido de gran actividad y necesitaban reponer fuerzas.

Al poco rato se escucharon los ladridos de los coyotes que perseguían a los espíritus de la tierra más allá de los médanos. Luego de comer, los hombres cantaron para pedirle después a Hombre que Cura que por favor terminara la historia de Venado que Brinca. Hormiga apenas respiraba por la emoción. En la panza le saltaban un montón de chapulines y grillos, y un cosquilleo le recorría las extremidades y suspiraba a cada rato. El viejo accedió a las súplicas y luego de limpiarse la garganta, se dispuso a terminar el relato:

“Venado que Brinca se acercó a la orilla de la ensenada sin portar ninguna arma, sólo llevaba un gran mazo de tules con los que empezó a fabricar una balsa. Era un hombre de manos habilidosas y en poco tiempo logró su propósito. Se adentró en las aguas más allá del rompimiento de las olas. Todas las maniobras del cusiyay eran seguidas por los hombres que caminaban, observándole de lejos desde que salió de la espesa arboleda junto al cauce seco del arroyo donde vivían; pero nadie se acercaba a más de cien pasos, se mantenían a una distancia prudente, y así observaron cuando el cusiyay se introdujo en el mar hasta llegar a la mitad de la bahía.

“Hasta los espectadores llegaba la imagen del hombre cubierto bajo aquella capa ceremonial hecha de cabellos humanos; el agua empezó a hervir, salieron incontables fumarolas que dieron paso a la bestia. Humeante y chorreando agua y vapores, se elevó por el cielo emitiendo un rugido estremecedor: iba dispuesta a quemar todo lo que hubiera a su paso. Venado que Brinca empezó a tocar una flauta que produjo una música muy extraña. Al escucharla, la bestia voladora hizo una pirueta aérea, volando en círculos sobre la balsa en la que navegaba el cusiyay. La música continuó y la fiera la escuchaba fascinada. Primero, cesó de arrojar fuego; luego, de lanzar humo y vapores. Sus enormes y amarillos ojos cerraban; las escamas tornasoles que cubrían su cuerpo brillaban por el sol.

“Por fin, la descomunal bestia se quedó dormida y se desplomó en las aguas. Al caer, se formó un gran oleaje que lanzó a Venado que Brinca al mar, todos creyeron que se ahogaría y no tenían forma de rescatarlo. Al día siguiente, la balsa vacía apareció en la playa. De Venado que Brinca nunca volvió a saberse. Sólo quedó el resultado de su obra: la isla son los restos de la cachora voladora que echaba humo por el hocico. La luna llegó al punto que indica que es tiempo de ir a dormir. Mañana saldremos de pesca.”

Los hombres, obedientes y transfigurados por la historia, se fueron a dormir, caminando en silencio. Antes del alba, Hormiga preguntó a su abuelo:

̶  ¿Qué pasó con Venado que Brinca?

̶  Esperaba que me preguntaras. Es uno de nuestros abuelos más antiguos, y su secreto pasó de boca en boca a través de todos nuestros abuelos. Me toca terminarte a ti la historia; eres el último de sus nietos, y a ti te toca terminar lo que faltó.

“¿Recuerdas que la cachora voladora era hembra, y existía peligro de que pusiera huevos? Los puso y están por el otro lado de la isla. Venado que Brinca le contó a su hijo todo lo que le indicó El Que Todo lo Hace y Todo lo Sabe y Que Vive en la Casa de la Luna. Su hijo, otro abuelo nuestro, llamado Liebre que se Esconde, iba todos los días a la orilla del mar para ver si aparecía su padre o su cadáver. Recorría la bahía de cabo a rabo, hasta que un día sus esfuerzos dieron fruto, y vió que las olas de la orilla arrastraban sobre la arena la flauta que aquel había tocado. Liebre que se Esconde conocía este misterio; El Que Todo lo Hace le había dicho a su padre que con aquella flauta, hecha de arcilla y polvos de sol, esas piedras que saca el agua de la tierra y que brillan como si estuvieran hechas de sol, Venado que Brinca podría derrotar a la criatura alada. Así que esta flauta la hemos guardado por mucho tiempo, hasta que llegara la hora y ésta sería cuando se vieran sobre la superficie los huevos de la Bestia Voladora Que Duerme. Tu padre descubrió las piedras, pero a ti te toca, Hormiga, terminar esto. Mañana tocarás sobre las rocas, más allá de la isla. Así que levántate y hagamos los preparativos para salir antes de que amanezca.”

No salía el sol cuando partió la comitiva. A la cabeza iban Hombre que Cura y Hormiga; los demás los escoltaban por los flancos. Cuando llegaron a La Bestia Voladora Que Duerme, Hombre que Cura detuvo a la comitiva y les dijo que los dejaran continuar solos. La voz de Hombre que Cura sonó tan imperiosa, que obedecieron. Abuelo y nieto le dieron la vuelta a la isla hasta donde el oleaje se volvía ingobernable.

Los enormes lomos de agua verde parecían que iban a deshacer la frágil embarcación de tule, pero se mantuvieron firmes y pudieron ver las piedras enormes y redondas que descubrían las gigantescas olas: los huevos de la bestia.

̶  Toca, Hormiga, toca la flauta.

El niño, con un valor inesperado y en medio del terrible fragor de las olas, empezó a tocar la flauta con una melodía que salió de su bravo corazón. En aquel momento se elevó una columna da vapor que salió del agua, y un poderoso rugido estremeció la isla; los huevos de piedra desaparecieron para siempre en el fondo del mar.

Hormiga lanzó la flauta al agua, y de la isla surgió el espíritu de La Bestia Que Vuela y hecha Fuego por la Boca, que se perdió en las alturas infinitas, dejando en media ensenada los restos de su cuerpo mortal, dormido para siempre.

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