El Chofer

By on febrero 15, 2018

YumPol_1

XI

RELATOS DIVERSOS

Era uno de esos viejos cochinos como hay tantos en la ciudad; sus pensamientos nomás giraban en la lujuria…

Ya había cumplido los ochenta años y andaba en una silla de ruedas por una gota que lo andaba jodiendo. A mí me habían contratado como chofer de su Lebaron 87. Lo servía con eficiencia, patrón, de veras.

Él presumía de haber sido muy rico cuando era joven, pero después perdió casi toda su fortuna. Sin embargo, sé que guardaba buena lana en el banco: tenía una cuentamaestra y dinero en una caja fuerte que nunca le vi abrir.

El viejo era un solitario; hará unos diez años que enviudó y le gustaba vivir solo. Una criada, vieja como él, se encargaba de los trajines de la casa, pero también esa vieja había muerto.

Entonces, me llamó una mañana y me dijo: “Oiga usted, Francisco, no sea cabrón y consígame una criada, una señora que me venga a acompañar y que haga la limpieza de la casa.”

Yo le pregunté cuánto pagaba, y él me dijo cien mil pesos mensuales, que no me parecieron nada malo para esos tiempos de crisis. Me fui a ver a mi esposa y le dije: “Vieja, te vas a ganar cien mil pesos a lo suave.” Ella me contestó que le entraba y lo escuchó mi hermanita Mercedes, que sólo tiene diez y seis años: “Óyeme, Pancho, ¿pues por qué no me contrata a mí también ese señor? Ya tengo diez y seis años y necesito mis trapitos para gustarle a los chavos…”

Yo se lo conté al viejo y esto le pareció muy bien. Me dijo: “Pues pa’ luego es tarde, Francisco. Tráetelas de una vez y pueden dormir en el cuarto de servicio. Ya verás que fácil aprenden a limpiar la casa, nada más que a tu hermanita solo le voy a pagar cincuenta mil, ¿te parece?”

El viejo estaba fumando un purote cuando me dijo esto. Yo le contesté que sí y me salí de la casa, contento, aunque un poco asfixiado por el humo de tabaco que se me había metido en las narices.

No tardaron en acostumbrarse mi esposa y mi hermanita a la chamba, que era suave, pero ya después supe que el viejo no nomás las quería de gatas: por separado las llamó a su cuarto y ahí les ofreció dinero por dejarse manosear y otras cosas que Ud. se imaginará, patrón, cosas que llevó al cabo, pero sin pagarles lo prometido.

Mi esposa no me quiso decir nada de estas cochinadas, pero mi hermanita me lo contó todo, y entonces me encabroné.

Fui a ver al viejo, dispuesto a reclamarle su cabronada de no haberle pagado a mi mujer lo que le había prometido por haber abusado de ella.

Yo no quería matarlo ni nada por el estilo, nada más conversar la cosa, para hacerle entrar en razón y cumpliera como los machos; pero el viejo, en lugar de tratarme decentemente, me mentó la madre, me gritó que me largara y que estaba despedido de mi trabajo como chofer: “Te voy a matar, indio hijo de la chingada, por venir a reclamarme y nomás que yo me alivie de esta jodida gota te juro que te voy a meter un balazo.”

Yo creo que estaba drogado o algo así, porque enseguida me arrió un golpe con su bastón que me pegó en la cabeza.

Me encabroné de a tiro, pues yo no iba en plan de pelea. Entonces luchamos y, aunque él estaba en desventaja por no poder levantarse de su silla de ruedas, yo no sé a qué horas agarró de la mesa un tubo de metal, como esos que usan los plomeros en sus chambas, y me dio otro golpe en la cabeza, sacándome sangre.

Adolorido y encabronado, me colgué de sus ropas y caímos los dos con todo y silla al suelo.

Él estaba dispuesto a seguirme golpeando.

Entonces vi sobre la mesa un largo cuchillo de cortar carne, lo tomé y ¡zaz! Se lo zampé hasta el mango en el cuello.

La sangre empezó a salirle a chorros, así que me asusté, patrón. Sólo escuchaba, un poco mareado por los golpes que me había dado, que el viejo continuaba mentándome la madre y repitiendo que acabaría conmigo.

Yo me zafé de él y fui a buscar un pedazo de trapo con el que le taponeé la herida que estaba bien profunda, y enseguida fui a lavarme las manos en un lavabo que quedó lleno de sangre.

Cuando regresaba, vi un televisor que había en una recámara y lo agarré para cobrarme lo que no le había dado a mi mujer y huí en su automóvil, que abandoné en una calle obscura de la ciudad.

Anduve caminando toda la noche y luego me escondí en una casa abandonada; cuatro días más tarde me enteré por la prensa que el viejo había muerto de la hemorragia.

Un licenciado que dice ser mi amigo me prometió un amparo por trescientos mil pesos, por lo que tuve que empeñar el televisor para conseguir el dinero.

Y ya me ve usted aquí, patrón, todo jodido, listo para reconstruir la escena del asesinato ante los periodistas y los investigadores, con este cuchillo de carnicero que me pusieron en la mano, con la camisa manchada de sangre que tenía puesta esa noche, con los mismos tenis que dejaron huellas que me delataron.

Aquí estoy patrón, en la casa del maldito viejo cabrón, pisando las manchas de su sangre seca, deshonrado de por vida, con una declaración que he tenido que firmar después de que me dieron una calentadita un policía achinado y otro con acento de la capital.

Aquí estoy, amigo, aquí nomás esperando que el señor juez dicte la sentencia para que me pudra en la cárcel.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

Déjenos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>