Desconsuelo

By on abril 26, 2019

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                                                                      Jesús Fuentes

Eliza entra y cierra la puerta. Se descalza las zapatillas de tacón dorado. La habitación en penumbras. Falta poco para el amanecer. Camina hacia la cama donde la niña, su hija, Margarita, duerme con placidez. “Parece un angelito en un retablo en el Santuario de Guadalupe,” piensa. Se inclina y con amor besa la pequeña frente. Con ternura acaricia sus cabellos rubios.

“¡Ya pronto! ¡Ya pronto, mi pequeña!” murmura. Dejándose caer poco a poco, se sienta en el piso, sobre un pedazo de alfombra desgastada, recargando su espalda con sus treinta y ocho años en la orilla de la cama.

Los recuerdos emergen del fondo de su mente, se arrastran como al final de un túnel, rodando de dolor, rendidos ante el destino y sus misterios.

“¿Por qué? ¿Por qué a ella?” le dijo al médico, casi con furia. “Los estudios arrojaron eso: un pequeño tumor en el cerebro de Margarita. Es necesaria una cirugía; y entre más pronto, mejor,” dijo el doctor.

¿Qué hacer? Ella, madre soltera, con sueldo bajo en esa maquiladora. Sola.

Sandra, amiga y compañera de trabajo, le comentó que ella se prostituye tres días a la semana, en un bar club de la calle turística. Que los mejores días son los fines de semana. “Llega cada gente en busca de… ¡todo!”, le comentó. “Ya sabes: el deseo nunca se va, no se llena, no cesa. Ahí puedes juntar lo necesario para la cirugía de tu hija,” le mencionó.

Lo pensó.

Lo dudó.

Ese día, el primero, se vistió provocativa, se pintó los labios de rojo intenso. Alguien le había dicho que los labios carmín atraen más a los hombres. Se calzó zapatillas con tacón dorado, las que siempre lleva al bar. Las mismas que se acaba de quitar.

Al lado de Sandra, llega al antro. Se detiene e intenta correr. Ella la sujeta con fuerza, como si unas tenazas aprisionaran su brazo.

Ya dentro, la gente en busca de emociones. Hombres y mujeres al igual. Unos beben para olvidar, o para recordar. Algunos bailan. Las canciones se repiten unas tras otras, como olas que llegan a la playa y vuelven al mar. Tantas veces escuchadas, esas voces, carnada para una conversación.

Eliza se ha tomado unas cervezas, baila sola, culpa de las cervezas o de su pesar, su tristeza. Acompañada de sus demonios, con su cólera, las ganas de dejarse besar y hacerlo. El comienzo… Agita la pelvis, los brazos en el aire, con los ojos cerrados, entreabiertos, perdidos…

Lo que importa es conocer a alguien, sonreír, beber, coquetear, fingir, o no, interés.

Así comenzó todo. La música era lo de menos, poder restregar los cuerpos. Lo demás se daba solo.

En el bar club hay de todo: vendedores de droga, policías que de cuando en cuando entran y hacen como que no ven nada; niñas ebrias que el novio carga por el qué dirán, borrachos que se roban copas, tarros, botellas.

Ya cuatro meses.

Hoy había sido otra noche, una madrugada más, otro fin de semana para generar dinero. ¡Ya falta menos!

Llora, confirma que el sabor de las lágrimas no es tan salado.

¿Acaso importa?

Eliza, la tacón dorado, como le conocen en el bar, una de las más solicitadas, sabe lo que hace.

¡Qué más da!

 

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