De la Cuna al Paredón (XVIII)

By on julio 5, 2018

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XVIII

EL MÁRTIR

(Continúa…)

Hasta aquí las declaraciones que hace –en la forma en que debió hacerlas– el Coronel Mena Brito, pero de todos modos no dejará de observar el lector cómo señala responsabilidades a los hacendados, terratenientes de Yucatán, respecto del asesinato de Carrillo Puerto y compañeros. Como no es nuestro objeto en este trabajo hacer requisitoria alguna pues eso, como ya hemos dicho, la haremos en extenso libro con el mayor acopio de documentación que estamos recabando, cerramos estas líneas dentro de su objetivo principal: manifestando, que hasta los últimos momentos el Gobernador Carrillo Puerto se portó con toda entereza y virilidad, al grado de que, en el Consejo de Guerra a interrogación que se le hizo sobre el cargo que tenía o desempeñaba en la Administración Pública y en el Partido, dijo textualmente: “No tenía, sino que tengo, pues soy hasta este momento Gobernador del Estado y Presidente del Partido Socialista, por lo que con mi carácter de tal protesto enérgicamente por lo ilegal de este Consejo de Guerra.” También, y según declaración de testigos presenciales como el Alcalde Logroño y algunos reporteros, cuando fue sacado de su celda y llevado al jardín de la Penitenciaría, en donde ya estaban sus hermanos y demás prisioneros para ser llevados al Cementerio General para su ejecución, él dijo con todo aplomo y virilidad lo siguiente: “A estos señores no los deben llevar, pues yo soy el único responsable de todo cuanto quiera achacarse a mi Gobierno y a mi Partido.”

Fue llevado al Cementerio General a las tres y media de la mañana para su ejecución.

Creo oportuno transcribir aquí las declaraciones que personalmente me ha hecho el honrado chauffeur José María Casanova, alias “Cañuto”, sobre la forma en que fueron conducidos, y la de sus últimos momentos.

Habla Casanova:

“Me encontraba durmiendo la madrugada del tres de enero de 1924 en el garaje “Chacmool”, situado en la calle 54 entre la 53 y la 55, propiedad del señor Morales y arrendado por el señor Martín García, mecánico. Yo, como todo el mundo, ignoraba que durante el día dos se hubiese verificado un Consejo de Guerra para fusilar al Gobernador Carrillo Puerto, a sus hermanos y demás compañeros, porque se hizo con toda clase de reservas; y es por eso que, siendo por más o menos las tres y media de la mañana, de improviso, paró un automóvil a las puertas del garaje y bajaron dos militares, quienes se encararon con un mecánico que estaba lavando un automóvil, a quien solicitaron les proporcionara dos choferes que urgentemente necesitaba la Jefatura de Guarnición. Dicho mecánico les dijo que solo había un chofer que era yo, y un mecánico que no sabía manejar bien automóvil. No obstante esto, insistieron que aunque en tales circunstancias les ordenaran les acompañara pues de lo contrario serían presos; además les hacía constar que el trabajo que iban a desempeñar era solamente de breve tiempo. Entonces dicho interrogado me despertó, me informó de lo que había y no tuve más remedio que ir en compañía del mecánico hasta su automóvil. Inmediatamente se le dio a andar a la máquina, dirigiéndonos los militares hasta la esquina del “Gato”, situada entre las calles 65 y 50, en donde estaba el garage de la propiedad del señor Aguilar. Allí fueron pedidos dos camiones, de los cuales uno me fue dado para manejar y el otro al mecánico. Los militares nos ordenaron que siguiéramos su automóvil, el cual se dirigió rumbo al Cuartel Federal situado en la Plaza de Mejorada. Allí fue ocupado el camión que yo manejaba con 25 soldados federales y, una vez hecho esto, el auto y los dos camiones nos dirigimos rumbo a la Penitenciaría “Juárez”. Al llegar a dicho establecimiento penal, fue grande mi sorpresa al ver en la puerta estacionados muchos automóviles particulares y de alquiler; al parar en la mera puerta de la Penitenciaría con los soldados, éstos bajaron a tierra y se enfilaron.

“A los veinte minutos de esto, oí un fuerte murmullo adentro y fueron saliendo civiles y militares, y después Felipe Carrillo Puerto y Manuel Berzunza, quienes tenían atadas las manos por detrás de la espalda, no así los demás, que fueron saliendo en número de trece.

Inmediatamente se ordenó que ocuparan mi camión Felipe y Benjamín Carrillo Barrientos, Urquía, Pedro Ruiz, Cecilio Lázaro, Julián Ramírez y Wilfrido Carrillo Puerto quienes, una vez sentados en el interior, subieron a ocupar la plataforma, los estribos y los demás huecos del camión por una escolta de federales. Y yo vi que el segundo camión fuera ocupado por el charro Tejeda, Antonio Cortés, Edesio Carrillo y Manuel Berzunza, igualmente escoltados.

Inmediatamente fue dada la orden de salida, acompañando a los camiones todos los automóviles a que antes me referí, que fueron ocupados por los militares y civiles que allí estaban.

“Los camiones y las máquinas rodearon el jardín del “Centenario” que está frente a la Penitenciaría, y luego tomamos la calle 59 rumbo a la plaza de Santiago, hasta alcanzar la calle 70, en donde doblamos a la derecha para ir rumbo al Cementerio General, a donde llegamos poco más o menos a las cuatro y media horas de la mañana.

Como a esa hora ya comenzaban a transitar las calles los carniceros, panaderos, lecheros, etc., los militares se preocuparon porque entonces se iba a saber el suceso antes de ser consumado, y es por eso que, al ver cerrado el Cementerio, ordenaron que un Teniente saltara las tapias y se dirigiera a la casa principal a efecto de avisar al velador para que trajera las llaves y abriera la reja.

“Así se hizo y a los 10 minutos, cuando menos, vino dicho empleado todo sorprendido y dio paso a los camiones y demás automóviles. Al llegar frente a la Administración, se ordenó que los dos camiones tomaran la izquierda para salir fuera del arco que mira al oriente. Una vez hecho esto, se ordenó que la tropa bajara y se enfilara a unos cuatro metros frente al paredón destinado para la ejecución; después fueron bajando los nueve presos que iban en mi camión que eran Felipe y demás compañeros ya citados, quienes fueron colocados de espaldas al muro del Cementerio.

“Todos estos presos no pronunciaron palabra alguna durante el trayecto pero, una vez ya parados para ser ejecutados, Cecilio Lázaro pidió la palabra la que, concedida, le oí decir lo siguiente: “Señores, en estos momentos voy a morir inocente como lo ve la justicia y la luz de Dios. Y suplico que hagan el favor de entregarle a mi esposa este anillo…”, cuya prenda recibió dicho militar sin que yo sepa si al fin llegó a su destino.

“Después de esto, se oyó una descarga desigual, cuyo traqueteo semejó al de un paquete de triquitraques. Todos se desplomaron, oyéndose después quejidos agudos, por lo que el Jefe del Cuadro se acercó con su pistola; no viendo los rostros de los ajusticiados, ordenó que un cabo fuera encendiendo por cada víctima una cerilla, para atinarles mejor el rostro para darles el tiro de gracia.

“Después de esto, se ordenó fueran al lugar fatídico los presos de la otra huahua, que eran cuatro. Una vez puestos para ser ejecutados, el Lic. Berzunza suplicó que a él lo fusilaran de último, solo, porque le daba pena que lo ejecutaran entre buenos compañeros. Se accedió a ello, separándolo del paredón en compañía del charro Tejeda, quedando en consecuencia Antonio Cortés y Edesio Carrillo quienes, sin pronunciar palabra, fueron fusilados; después, es decir, en la tercera tanda, a Berzunza y a Tejeda.

“Como quiera que aún se oían algunos quejidos y se notaran que algunos miembros de los primeros fusilados se movían, volvióseles a dar un tiro de gracia.

“Ya había aclarado un poco la mañana cuando se terminaron las ejecuciones. Una vez consumadas, la soldadesca que hizo las descargas se abalanzó sobre los cadáveres y los despojaron de zapatos, cobertores y algunas prendas que poseían.

“Era mucho mi temor y con tal estado de ánimo ni me di casi cuenta de quienes se hallaban en aquel lugar, pero sí puedo afirmar, porque estaba cerca de mí, que entre los civiles que fueron a presenciar la ejecución se hallaba don Aristarco Acereto.

“Después de todo esto, retornamos a la ciudad, dejando a los cadáveres en un horrible hacinamiento, y dirigiéndonos al Cuartel para dejar a la tropa, y luego al garaje para devolver los camiones, manifestándole que el otro chofer que condujo el segundo camión era Isidro Oxté, de quien no sé dónde se encuentra actualmente…”

Poco más o menos con la declaración del amigo Casanova se puede ver cómo hasta el último momento los infidentes delahuertistas procuraron toda clase de reservas para no comprometerse ni comprometer a nadie en tan horrible, cuanto salvaje, atentado que por las condiciones en que fue verificado, y cuando la prensa dio a conocer los sucesos, consternó a todo el pueblo yucateco.

Prof. Edmundo Bolio O.

Continuará la próxima semana…

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