De la Cuna al Paredón (X)

By on mayo 10, 2018

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EL OBRERO DEL RIEL

Poco tiempo después de la narración anterior, los padres de Felipe comenzaron a notar en él cierto descontento en el hogar; parecía, por su inquietud, necesitar de un nuevo campo de acción donde desenvolverse, porque ya en Motul no encontraba, a su entender, persona alguna para cambiar impresiones respecto de todo cuanto iba aprendiendo en las lecciones de los grandes tratadistas en materia social.

Un día, por haber sido reprendido acremente por sus padres, en virtud de haberse tardado demasiado en una comisión que se le encomendó, aprovechó esta pequeña circunstancia para separarse de la casa paterna, yendo a hospedarse en la Estación del Ferrocarril del Oriente, donde después de algunos días fueron utilizados sus servicios por el Jefe de Estación, con quien hacía tiempo llevaba buena amistad y que a su vez era íntimo amigo de su padre. Meditando sobre su porvenir, Felipe, con el deseo de no ser ya más una carga para sus padres, y con el deseo de subsistir por sí solo, es decir, con sus propias fuerzas, puso tal empeño en conocer el mecanismo de la estación ferrocarrilera, que al poco tiempo ya había conseguido completamente su objeto, valiéndose por esto la estimación, el aprecio y la confianza de su Jefe.

A los seis meses, poco más o menos, el Jefe de la estación ferrocarrilera de Motul, considerando perfectamente apto a Felipe para desempeñar otro cargo en la Compañía de ferrocarriles, en primera oportunidad trató el asunto con el Sr. General Francisco Cantón –dueño de dicha empresa– con quien su padre llevaba estrechísima amistad, resolviendo desde luego, hacerlo conductor del tren de pasajeros que corría de Mérida hasta la hacienda de “Cauacá”, puesto que entró a desempeñar con beneplácito general.

En cierta ocasión, el general Cantón fue a Motul a visitar a su respetable esposa, que residía en aquella ciudad, llevando el tren ordinario del cual Felipe era conductor. Por desgracia, descarriló el tren; pero fue tal la pericia que demostró el ya ferrocarrilero Felipe, y las disposiciones que dictó para encarrilar de nuevo el convoy, así como el empeño y el trabajo personal que él prestó, que no tardó en poner su máquina en marcha, lo que agradó sobremanera al General Cantón, quien desde ese momento ordenó se le confiriera “Mención Honorífica” por la eficiencia de su trabajo.

Como Felipe tenía que pasar indispensablemente las noches en Mérida –pues su tren salía a las seis de la mañana y regresaba a las seis de la tarde–, pronto se hizo de muchas amistades en Mérida, captándose las simpatías de todos sus compañeros de trabajo porque por las noches, después de que cada quien relataba los percances habidos en el trabajo durante el día, él les reproducía, como sabía hacerlo, todas las enseñanzas que iba recibiendo cada día de los grandes sociólogos de cuyas obras era predilecto lector. Además, por su carácter jovial y correcto fue relacionándose con la sociedad emeritense y es por eso que constantemente asistía a ciertas fiestas familiares.

Un día se celebraban los exámenes de un renombrado colegio de niñas de aquella época, que dirigía la inolvidable y ameritada maestra señorita Isabel Duarte, y nuestro personaje fue invitado con varios de sus compañeros ferrocarrileros.

En dicha fiesta, sorprendido, encontró Felipe a algunas señoritas de Motul que hacían sus estudios en aquel colegio; y allí fue donde, por haber concurrido a varias festividades, al fin trabó franca amistad con la señorita Isabel Palma Puerto, con quien más tarde habría de contraer matrimonio.

Parece que el Destino había dispuesto que Felipe tuviese siempre intensas luchas por sus amoríos. Cuando ya había entablado relaciones amorosas formales con la señorita Palma, y comenzó a entrevistarse con tal objeto con ella en el colegio, la señorita directora consideró de su deber poner esto en conocimiento de la señora madre de dicha señorita Palma, manifestándole que ésta tenía ya un novio llamado Felipe Carrillo Puerto, y que se lo ponía en su conocimiento para que tomara la resolución que estimara conducente, la cual no se hizo esperar mucho tiempo: la señorita Palma por ese “grave delito” fue sacada del colegio y llevada a Motul para que estuviera más cerca de la vigilancia paterna.

Aquella medida –como ya es común– hizo que el fuego amoroso de los dos jóvenes se intensificara más y más, y que aguzaran ambos su ingenio para proporcionarse los medios de verse o de conversar contra las severas acechanzas familiares.

Algunas veces era ella quien proporcionaba estos medios, pretextándole a la mamá la necesidad de ir a la estación ferrocarrilera de Motul para hablar o ver a tal o cual condiscípula suya que debería pasar para el oriente, cuando que en realidad su único propósito era el de ver a su amado novio, el conductor del tren, su idolatrado Felipe, que solamente permanecía en la población minutos que pródigamente acechaban los dos, si no para hablar –porque hasta allí estaban vigilados– sí para abrazarse con el fuego de sus miradas y verse con los ojos de la pasión, diciéndose de esta manera muda, sus ternezas y frases de sus idilio juvenil. Otras veces era el mismo Felipe quien, haciendo verdaderas temeridades, ponía los medios para hablar con su novia y tenerla cerca de él, aun cuando fuera por algunos instantes; y así, al llegar con su convoy a su destino, desenganchaba la locomotora y volvía a Motul silenciosamente para tener la satisfacción de dirigirle dos o tres frases a su novia en la ventana de su casa, y volvía al punto de partida a buscar su tren para cumplir con sus obligaciones al día siguiente, sin haber dormido un solo minuto en la noche.

Al fin, ante la tenacidad de los novios, y de los sacrificios y esfuerzos que hacían para verse y hablarse, sus padres tuvieron que intervenir y entonces se realizó el sueño dorado de Felipe casándose con la señorita Isabel Palma Puerto, hoy la angustiada viuda del apóstol.

Prof. Edmundo Bolio O.

Continuará la próxima semana…

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