Arte autóctono, visión universal

By on diciembre 13, 2018

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José Juan Cervera

La tradición de los pueblos es una fuente constante de realizaciones que ponen al día el potencial creativo de la humanidad. La apropiación de elementos significativos provenientes de épocas pasadas imprime un vigor singular a la visión del mundo con que las generaciones más próximas a este tiempo orientan su vida cotidiana, porque los lazos que las unen con sus antepasados son funcionales y dinámicos.

Así, es posible advertir que los componentes de las culturas autóctonas fecundan las más diversas esferas de la experiencia diaria de sus descendientes y de sus destinatarios indirectos, porque los valores de aquéllas adquieren alcance universal desde que tocan fibras sensibles y rubrican miradas y expresiones profundas. La antigua civilización de los mayas puede ejemplificar este aserto.

La literatura se enriquece a partir de nociones transmitidas por medio de la oralidad y de la escritura, ya que una y otra participan de una misma unidad de significación que únicamente el incontenible afán taxonómico que invade la mentalidad occidental fragmenta y desvirtúa, aislando sus partes y reduciendo su campo de acción tanto como los canales que puedan llevar su confluencia de sentido a una recepción provechosa.

El paso de lo oral a lo escrito y la vuelta de un punto al otro lo registran muchos estudios filológicos y etnológicos, los cuales favorecen aproximaciones comparativas, útiles para esclarecer pasajes importantes del desarrollo humano, de sus prácticas artísticas y de sus formas de expresión. La historia de la literatura brinda variadas muestras de estas tendencias progresivas.

Los mayas de Yucatán aportan valiosas referencias que los investigadores y los especialistas han examinado cuidadosamente mediante trabajo de campo y acopio documental, describiendo y explicando las particularidades estilísticas y los significados de fondo de esas manifestaciones culturales que sobrepasan el mero propósito de comunicación para constituirse en modelo de un arte expresivo, portador de conocimientos antiguos y con una función unificadora al interior de su grupo étnico. Carlos Montemayor y Allan F. Burns, entre otros, han escrito obras que abordan este tema.

En lo que toca a la literatura creada en nuestra región, en su variante que asume el modelo de la preceptiva occidental y recibe la influencia directa de movimientos hispanoamericanos como el modernismo, hay ejemplos que pueden citarse para ilustrar los casos de aquellos autores que se apropian de personajes y motivos distintivos de la tradición oral de las comunidades yucatecas para producir obras que adquieren una forma novedosa, distantes de los procedimientos de estilo propios de la expresión verbal maya.

Hay ejemplos que exponen esta tendencia, incluso entre autores que no nacieron en la península, como es el caso de Bernardo Ortiz de Montellano quien en 1943 publicó una obra a la que dio como título “La cabeza de Salomé. Poema dramático”, en la que recrea el relato tradicional de la mujer que, para simular que permanece en su casa sin despertar las sospechas de su esposo, se quita la cabeza y la deja en su hamaca mientras sale al encuentro de un amor furtivo.

Se trata de una historia que sigue transmitiéndose en algunas comunidades yucatecas, la cual refiere actos de hechicería que el cónyuge ataja arrojando sal a los bordes de la cabeza, impidiendo así que pueda ser restituida al cuerpo. Ortiz de Montellano añade a su obra elementos de la cultura europea antigua y de las vanguardias literarias por entonces en boga, manteniendo claras referencias de la vida cotidiana en las localidades de Yucatán.

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Otra expresión literaria que permite ilustrar esta asimilación de rasgos autóctonos puede apreciarse en la producción poética de escritores del terruño, como el vallisoletano José Inés Novelo (1868-1956) que se vale de la muy conocida figura de la Xtabay para crear un texto de acento modernista que conserva los motivos narrativos básicos de la tradición oral. Se publicó en la revista literaria Pimienta y Mostaza en julio de 1894 y sugiere una estilización de estas añejas nociones de cuño mestizo. El componente erótico se hace presente en estrofas como las siguientes:

“Sus ojos en la penumbra/como ascuas relampaguean;/bajo el hipil vaporoso/apuntan las rosas trémulas//en botón, del seno erguido,/-urna virginal de esencias-/y se ven los lineamientos/de las gallardas caderas.//Envuelve su dorso esbelto,/hasta besarle las piernas,/del cabello de azabache/la rica cascada negra//que a la luz de las antorchas/que en el cielo parpadean,/con peine tallado en cedro/los mil nudos desenredan.”

La sensibilidad lírica del autor encauza la sugestión sensual en el recurso de las imágenes que describen bellamente la figura de una mujer poseedora de todas las seducciones necesarias para someter la voluntad masculina, recreando el modelo de un personaje arraigado profundamente en el sustrato de las creencias populares. La expresión literaria brinda un nuevo matiz a sus representaciones simbólicas.

En una línea semejante se conduce Humberto Esquivel Medina (1893-1984), poeta nacido en Ticul, conocedor de las tendencias artísticas renovadoras de su tiempo, viajero en diversos países europeos donde trató con varios escritores que cultivaron nuevas formas expresivas. En su poema “Nicte”, incluido en su libro La fuente de gracia (1960), concilia la asimilación de ese conjunto de influencias con un contenido que se nutre directamente del pensamiento colectivo de esencia autóctona del cual se desprende también un concepto de arte que no concuerda estrictamente con los géneros occidentales, pero que entraña combinaciones nuevas de las que brotan genuinos valores estéticos.

Esquivel Medina evoca en su poema el uso ritual de los cenotes que, a manera del que hay en Chichén Itzá, se destinaban al sacrificio propiciatorio de víctimas jóvenes; la composición se vale de un atento cuidado de la forma y de una atmósfera que describe elementos típicos de la región, revitalizados con una expresión fresca que se aparta notoriamente de la meras descripciones folclóricas que, aun echando mano de textos versificados, difícilmente logran producir un efecto estético que pudiera sobreponerse a la presencia recurrente de lugares comunes.

“Era morena, quemada/por ascuas de las estrellas/que prenden su lumbre clara/en mis cielos de leyenda.//Era ciruela madura/que jugosa reventaba;/era canela enervante/de tropicales fragancias/y eran sus ojos dos soles/que las tinieblas rasgaban.//Era una novia prohibida,/era una novia insensata;/era a mi paso furtivo/como piedra de albarrada:/vestal de templo sagrado,/de un templo de amores maya;/era la tabú doliente/a los dioses consagrada…//Un día la vi, de lejos,/pasar desnuda y dorada/hacia el oscuro cenote/cuya bóveda la guarda.//Alzó sus ojos al cielo,/rezó una breve plegaria/y las espumas saltaron/en azahares de plata!//En el fondo de la gruta/yace un ánfora quebrada/y una flor de loto cruza/navegando sobre el agua.”

Es evidente que todos los pueblos del mundo extraen elementos de las fuentes tradicionales de su cultura para fortalecer sus lazos de identidad colectiva y, particularmente en la esfera de la creación artística, para dar a luz representaciones simbólicas orientadas a producir deleite estético. Sin embargo, estas reflexiones se enfocan en los rasgos de la literatura creada en Yucatán, por proponerse contribuir al esclarecimiento de esta clase de procesos en el ámbito regional, asiento y cuna de estas reflexiones. Así como pueden citarse muchos ejemplos alusivos a las letras de diversos países y de otros estados de la república mexicana, conviene recordar también que el romanticismo hizo especial énfasis en la revitalización de los contenidos de las culturas nacionales, y con ello sentó un precedente importante que no se ha diluido por completo. Los diversos movimientos, escuelas y tendencias de la literatura universal asimilan de manera más o menos explícita elementos extraídos de la tradición étnica en la que surgen, a la vez que se apropian de otros que se identifican con culturas ajenas, muchas de ellas consideradas exóticas desde un contexto específico.

Lo que en estas líneas se pretende destacar es el vínculo de continuidad, asimilación y recreación de elementos originados en una matriz cultural cuyas tradiciones fecundan nuevas formas de producción artística y, por tal razón, exponen el valor de universalidad que cualquier obra o figura, significativa en su ámbito local, adquiere en la medida en que se combina con otras fuentes y recursos interpretativos que distinguen la vida y el pensamiento de otros pueblos, con los cuales dan cuenta de su desarrollo histórico.

Referencias bibliográficas

Burns, Allan F. Una época de milagros. Literatura oral del maya yucateco. Mérida, Universidad Autónoma de Yucatán, 1995.

Esquivel Medina, Humberto. La fuente de gracia. Mérida, edición de autor, 1960, pp. 13-14.

Montemayor, Carlos. El cuento indígena de tradición oral. Notas sobre sus fuentes y clasificaciones. Oaxaca, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) Oaxaca-Instituto Oaxaqueño de las Culturas (IOC), 1996.

Novelo, José Inés. “La Xtabay. Tradición yucateca”, en Pimienta y Mostaza. Periódico literario, de espectáculos y variedades. Mérida, año III, núm. 90, 1 de julio de 1894, p. 3.

Ortiz de Montellano, Bernardo. Raíces del sueño. Selección y presentación de Lourdes Franco. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1990. Colección Lecturas Mexicanas Tercera Serie, núm. 17, pp. 165-170.

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