Ars Magna

By on junio 7, 2018

Germenes_1

SEGUNDA PARTE

 

I

 

ARS MAGNA

YACE en las hondas simas

del pensamiento humano

el bloque de la idea

como en la veta el mármol.

Desciende allí, desciende

con tu poder de mago,

y al soplo de tu numen

renuévese el milagro

que asombro fue. Se torne,

del genio castigado,

el bloque, estatua airosa;

la estatua de alabastro,

rosada carne virgen

do en ritmo acelerado

palpiten las arterias

y pugnen los espasmos.

En tus hermosos versos,

en tus estrofas, bardo,

irradien luces de ojos

y púrpuras de labios.

En ellos, como en peplo

de luz, trasparentado

de virgen opulenta

se mire el seno intacto.

Y cuando los amores

te inspiren dulces cantos,

en imparables ondas

pasen del verso raudo

corrientes de ternura

al pecho fatigado.

Y así como respiran

los lirios y los nardos,

efluvio de tus versos,

perfume de tus cánticos,

sea el suspiro triste

que el corazón flechado

exhala, cuando llora

punzantes desengaños.

Y el beso incube en frases

que al desplegar los labios

de ardores y de néctar

los dejen impregnados.

¿Y qué, cuando te mires

ante el hermoso cuadro

de espléndida natura?

El cedro centenario,

el roble que enguirnalda

el verde de su manto

con flores como nieve

y con menudos granos;

y la redonda ceiba,

y el alcahuete cano,

y la gallarda tribu

de los fornidos álamos,

en laberinto enorme

de troncos y de gajos

que enlazan y entretejen,

sostienen el palacio

de la sonora selva…

El nido abandonado

aquí remece el viento;

allí en fiesta los pájaros

de rama en rama brincan

su libertad cantando.

Allá la trepadora

desvuelve el verde palio…

O bien, buscando abrigo

y maternal amparo,

so las erguidas copas

muestra el café cuajados

rubíes por racimos,

o sus capullos blancos.

La dulce paz solemne

del opulento campo

si el viento entre las hojas

plegó sus alas, manso;

la agreste arquitectura

del secular palacio

de rudos arabescos

y pórticos extraños;

las voces mil que se alzan

de sitios ignorados;

de los menudos huecos

tal vez, en donde el paso

denúnciase del tigre

o el potro hundió los cascos;

todo eso que suspende

en éxtasis el ánimo;

festín de los sentidos,

misterio, asombro, pasmo,

derroche de colores

y acentos concertados;

todo eso que es de vida

aliento, germen, salmo,

palpite en tus estrofas

inmarcesibles, bardo.

Si tú el campo celebras

¡el verso huela a campo!

Y cuando abandonares

el dulce y sosegado

retiro; y el torrente

del mundo cortesano

te arrastre entre sus ondas

revueltas, que el preñado

bajel, corta gallardo;

mientras las muchedumbres

con criminal marasmo

indiferentes miran

el mísero naufragio

de honor, deber, decoro

y libertades… Cuando

te engolfes en los cienos,

entonces… ¡ruja el canto!

La austera poesía

empuñe el noble lábaro…

¡La estrofa sea cauterio!

¡El verso, ardiente látigo!

José Inés Novelo

Continuará la próxima semana…

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