2017: Carnavales Polémicos

By on marzo 2, 2017

Editorial

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2017: Carnavales Polémicos

El Carnaval, la fiesta de la carne, de los cuerpos, colores, máscaras, luces, convivencias abiertas, recién ha concluido en nuestro Yucatán, recordando contrastes heredados con los nuevos adquiridos.

Lo que inició en el siglo pasado como una copia de los carnavales europeos, importados por las clases pudientes, explotadoras del trabajo campesino henequenero, nunca alcanzó perfiles populares hasta que surgió una clase media comercial con orígenes en países del medio oriente que vio en ese nivel de  clase una manera de integrarse a los miembros de la minoría local acaudalada, sumándose a iniciativas que abrirían para compartir el bolsillo de las clases populares en el consumo de productos comerciales promocionados en los “humildes carros alegóricos” que en ocasiones mostraron a la reina de las fiestas al lado de enormes botellas de cerveza local.

La clase media que se fue formando tomó poco a poco en sus manos la organización, integrando a comerciantes e industriales que cargaban con el gasto mayor a cambio de publicitar sus productos. Las clases pudientes se refugiaron a partir de esos tiempos en sus espacios selectos.

Por lo visto no han cambiado mucho las cosas en este inicio de siglo XXI. No veremos en mucho tiempo la fastuosidad, número y entrega física en los bailes de comparsas como en Brasil, ni tampoco carros monumentales con modelos aún en uso en Europa, o en Nueva Orleans.

Pero además ahora predomina la visión, equivocada en nuestra opinión, de excluir a la zona histórica y tradicional de los paseos que enlazaban y le daban vida al Carnaval en los barrios centrales y grandes avenidas de Mérida en el siglo anterior, mandando ahora a las afueras, al sur de la capital, a las familias que antes convivían en la zona céntrica de la ciudad, generando basura sí, problemas de tránsito también, pero favoreciendo al comercio establecido. Los defectos bien pudieron, y aún podrían, prevenirse.

Con el señuelo de un transporte gratuito controlado, a las familias y asistentes se les conduce ahora hacia las instalaciones de un complejo que fue creado originalmente para una feria ganadera, y que evolucionó hacía los ramos industrial y comercial: Xmatkuil.

Previa a su admisión a tales instalaciones, como si fueran a una visita carcelaria, o peor, se sujeta a las familias a una revisión obligatoria, no en busca de armas o proyectiles, sino para evitarles introducir a las instalaciones alimentos o bebidas de todo tipo, incluyendo refrescos. Esto con el fin de convertirlos en cautivos y consumidores obligados de los comercios ahí instalados, a los precios elevados que manejan. Y ello, con beneplácito de autoridades de todos los niveles, aliados con los organizadores y un empresariado voraz.

Hay protestas e insatisfacción general por el cambio tan drástico al que se ha calificado como “El Carnaval del Monte”, por lo lejano.

Algo habrá que hacer al respecto. Una posibilidad sería cancelarlo y/o trasladarlo al Puerto de Progreso, con un replanteamiento amplio y envolvente que sume voluntades y satisfaga a las familias como también a los promotores de las fiestas anuales y los empresarios que esperan penetrar con sus productos, promocionándolos en un nuevo y vasto espacio durante el período carnavalesco en Yucatán.

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